Opinión

Cuando sea publicada esta columna, el Mundial FIFA Brasil 2104 habrá terminado y ya habrá campeón mundial. Los semifinalistas se repartieron en la ya secular rivalidad entre Europa y América del Sur: Alemania y Holanda, Brasil y Argentina por un lado contra, sus rivales respectivamente.
El Mundial ha dejado sus lecciones a pesar de las protestas iniciales por el alto costo de organización del mismo. El fracaso de España, Portugal o Italia es también el fracaso de astros como Cristiano Ronaldo, Iker Casillas o Mario Ballotelli.
Las diferencias futbolísticas son cada vez más reducidas. Costa Rica es el mejor ejemplo, eliminó a Italia e Inglaterra, un tetra y un campeón, tras debutar ganándole a Uruguay (bicampeón mundial) y llegó hasta cuartos de final tras eliminar a Grecia, para marcharse de Brasil invicto al perder por penales ante Holanda.
Argelia también hizo historia al llegar a cuartos de final y obligar a Alemania a eliminarla en prórroga por la mínima diferencia. Nigeria hizo sufrir a Francia mientras Colombia puso contra las cuerdas a la anfitriona Brasil en cuartos de final. En definitiva, y a pesar de que las semifinales fueron otra confrontación entre Europa y América del Sur, su hegemonía se ve cada vez más contestada.
Otra historia fueron las lesiones: Franck Ribèry y Radamel Falcao antes del Mundial, Neymar jr. y Ángel Di María durante el mismo. El mordiscón de Luis Suárez y su sanción, dura pero probablemente ejemplar. La exigencia de la alta competición y la gran cantidad de partidos jugados pasaron factura a muchos futbolistas, repercutiendo en su rendimiento.
En definitiva, el Mundial de Brasil 2014 confirmó al fútbol como el mayor espectáculo global. Porque no son sólo las millonarias transmisiones e inversiones, sino la atención mundial a un deporte que es fiel exponente de la globalización. Y de las desigualdades de las mismas.

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