Opinión

Resulta curiosa la simbiosis electoral que está por acontecer en Europa. El 25 de mayo se celebrarán simultáneamente elecciones al Parlamento europeo y, bajo otro contexto, elecciones legislativas en una Ucrania sumida en su peor crisis y en una fragmentación política y territorial de facto.
Mientras la crisis socioeconómica pulsa los comicios parlamentarios europeos anunciando una atomización electoral con nuevas formaciones en alza, algunas de ellas antieuropeístas, la crisis geopolítica destroza una Ucrania cuya intensidad recorre un radio de actuación dentro del espacio euroasiático, con especial incidencia en el pulso mantenido por Rusia y EE UU, con Europa como colofón de la estrategia atlantista dibujada en Washington.
Un hecho significativo de los posibles nuevos tiempos fueron las celebraciones del pasado 9 de mayo, onomástica considerada simultáneamente como el Día de Europa (fue cuando se firmó el Tratado de Amistad franco-alemán en 1951 y se creó la Comunidad Económica Europea con el Tratado de Roma de 1957) y para Rusia el Día de la Victoria soviética contra la Alemania nazi en 1945.
El ostracismo y la opacidad de las celebraciones en Bruselas contrastó con el impresionante desfile militar en Moscú, aderezado con la visita relámpago del presidente Vladimir Putin a la recién anexionada (o recuperada) Crimea. Una Europa envuelta en una crisis de identidad de la que no parece saber cómo salir contrasta con la imagen triunfal de una Rusia que se ve reivindicada en Ucrania, incluso alentada por la partición de facto, tras los referendos separatistas en el Este del país, en las regiones prorrusa de Donetsk y Luganks el pasado 11 de mayo.
Si bien Putin sorprendió al mostrar su tenue aceptación a los comicios legislativos ucranianos, el escenario está servido para una federalización de Ucrania que oculta la partición inevitable: un Oeste bajo esfera de influencia occidental y presumiblemente de la OTAN y un Este gravitando bajo la órbita rusa.
Lo que llama la atención es la escasa atención a la crisis de Ucrania dentro de la recién comenzada campaña electoral europea, un hecho significativo que revela el peso diluido de una política exterior europea prácticamente inexistente, supeditada a los imperativos atlantistas. Es Washington quien recupera su posición, al mismo tiempo que Rusia, cuya eventual relación estratégica con China marcará los pasos de la geopolítica global a corto y mediano plazo. En medio, Europa parece una sepultura adormecida sobre unos laureles que recuerdan glorias anquilosadas.

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