Opinión

El súbito acuerdo entre Rusia y EEUU para intentar poner fin al problemático conflicto sirio viene a demostrar cómo la hábil diplomacia del presidente ruso Vladimir Putin se ha venido traduciendo en importantes ganancias geopolíticas en un espacio tan estratégico como el euroasiático.
Este acuerdo implica inciertos altos al fuego hasta ahora globalmente respetados por los actores en conflicto, con la vista puesta en acabar o bien neutralizar las posiciones de los yihadistas del ISIS y del Frente Al Nusra (los que están dentro de Al Qaeda y los que no), así como de los rebeldes sirios. Por tanto, el trato entre el Kremlin y la Casa Blanca parecía ya definido y decantado, lo cual revelaría cómo Washington ha terminado por levemente asumir el triunfo de Putin.
El presidente ruso manejó con astucias los tiempos y los escenarios desde que decidió unilateralmente intervenir en el conflicto sirio hace exactamente un año. En ese tiempo observó cómo su cooperación militar ayudó a su aliado, el odiado régimen de Bashar al Asad, recuperar posiciones para ‘balcanizar’ Siria sin tocar los intereses rusos y de sus aliados, en especial Irán. 
En ese tiempo, Putin observó sin inmutarse pero con decisión una inédita crisis con Turquía que le llevó, después de un truculento y misterioso intento de golpe militar en este país, a aceptar la reconciliación en aras de ganarse a un socio de la OTAN estratégicamente localizado en Eurasia, cuyas relaciones con Washington y Occidente comenzaban a deteriorase.
Sin rivales internos (se prevé que su partido Rusia Unida arrase en las legislativas de noviembre próximo) y abriendo el camino a otra reelección presidencial en 2018, Putin juega con decisión sus cartas. Mantuvo el equilibrio estratégico con China y EEUU en la última cumbre del G-20 para inmediatamente después dirigirse personalmente en las exequias del sátrapa uzbeko Islam Karímov, fallecido a finales de agosto. El objetivo es reconfigurar las esferas de influencia rusa en Asia Central, neutralizando así a China y alejando de ella a Occidente.
El acuerdo sobre Siria es sólo el colofón de una geopolítica trazada con paciencia y, sobre todo, conociendo las debilidades de sus rivales, en especial un Obama en retirada. Y es que hasta el rocambolesco supuesto apoyo ruso a la ridícula candidatura de Donald Trump supone un señuelo de chantaje en el corazón mismo de la superpotencia estadounidense. Lo que define que Putin conoce muy bien el ajedrez que juega en el gran tablero geopolítico global.

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