Opinión

Geopolítica del Bósforo

Roberto Mansilla Blanco | 04 de noviembre de 2013

El recientemente inaugurado proyecto Marmaray de construcción de un canal marítimo bajo el estrecho del Bósforo, supone la piedra de lanza de una serie de proyectos de infraestructuras impulsados por Turquía para ampliar un canal de integración entre Asia y Europa, el cual consolide a Estambul como un centro neurálgico y geopolítico internacional. En perspectiva, esta serie de proyectos de infraestructuras buscan consolidar a Turquía como un polo emergente de desarrollo, visión en la que el primer ministro turco Recep Tayyip Erdogan asienta sus principales ambiciones políticas.
Este proyecto fue inaugurado el pasado 29 de octubre, coincidiendo con el 90º aniversario de la fundación de la República de Turquía, y en momentos sumamente tensos para las relaciones transatlánticas entre EEUU y Europa debido al ciberespionaje de Washington hacia líderes y ciudadanos europeos. Por lo tanto, su relevancia geopolítica pasó por debajo de la mesa ante los escándalos suscitados por el espionaje de la National Security Agency (NSA).
El proyecto Marmaray de concreción de un canal interoceánico a través del estrecho del Bósforo y el Mar de Mármara, con la pretensión de servir de puente de unión entre Asia y Europa, culmina un ambicioso sueño que se remonta a tiempos del Imperio otomano, cuando en 1860 el entonces sultán Abdulmecit I propuso la creación de un túnel en el Bósforo.
Con más de 13 kilómetros y medio de largo y unos 1.400 metros bajo el agua, el proyecto Marmaray tiene un coste total de 3.300 millones de euros. Construido por una empresa japonesa, este proyecto permitirá cruzar el estrecho diariamente a un millón y medio de pasajeros, consolidando así a Estambul como la principal ciudad turca y una megalópolis de quince millones de habitantes.
La perspectiva histórica de este proyecto consolida una visión impulsada por el actual primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, de consolidar a Estambul como una ‘megalópolis’ de alcance global y un centro neurálgico de la geopolítica internacional, recuperando ese carácter estratégico para la antigua capital otomana, hoy en día el verdadero centro político, económico, cultural y turístico de Turquía.
Pero al mismo tiempo, este proyecto, que se verán ampliados hasta 2023 con otros proyectos de infraestructura (nuevo aeropuerto para Estambul, ampliación del canal entre el Mar Negro y el Mar de Mármara, etc), corresponden a visiones estratégicas de Erdogan con la pretensión de pasar a la historia como el modernizador de la Turquía del siglo XXI, prácticamente equiparándose a la figura histórica de Mustafá Kemal Atatürk, fundador en 1923 de la actual República turca.
Pero a Erdogan le crecen los críticos, a pesar de su hegemonía política desde que llegó al poder en 2002. Las protestas de mediados de año por la construcción de un centro comercial en la plaza Taksim reveló un creciente descontento en la sociedad civil turca por lo que se ha considerado como un presunto autoritarismo de Erdogan y sus eventuales pretensiones ‘mesiánicas’ de convertirse en un líder histórico.
Los proyectos de infraestructura en curso implican un reordenamiento urbanístico donde los grupos ecologistas pueden volver a intensificar sus protestas con un cariz político cada vez mayor. Entre 2014 y 2015, Turquía celebrará importantes elecciones municipales, presidenciales y generales, donde Erdogan y el gobernante partido islamista AKP pondrán a prueba su hegemonía política y el eventual ascenso de sectores opositores, escenario que hipotéticamente confeccionaría un nuevo mapa político en Turquía.

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