Opinión

De Gabriel García Márquez leí hace años el mejor relato sobre la experiencia socialista en Europa del Este. ‘De Viaje por los países socialistas. 90 días en la Cortina de Hierro’, editorial Oveja Negra (1978), es un libro que reúne varios reportajes publicados en el diario colombiano El Espectador en 1957, realizados por el entonces joven periodista, y cuyo comienzo no podía ser más típicamente “garcíamarquiano”: “La cortina de hierro no es una cortina ni es de hierro. Es una barrera de palo pintada de rojo y blanco como los anuncios de las peluquerías”.
Siempre identificamos a García Márquez con el género literario del realismo mágico, simbolizada en su Macondo natal no tan imaginario, pero catalogado como realidad palpable del poder y de la sociedad en Iberoamérica. Una tradición que viene de escritores como Alejo Carpentier y Julio Cortázar y que alcanzó su plenitud en el boom de la novela latinoamericana de las décadas de 1960 y 1970, donde destacaron el propio García Márquez, el peruano Mario Vargas Llosa o los mexicanos Octavio Paz y Carlos Fuentes, entre otros tantos.
Puede que la relación de Gabo con Europa no fuera tan fuerte como con América Latina, salvo contadas excepciones. Allí está su prolongada estancia en París y Barcelona, las mecas editoriales que atrajeron a varios escritores latinoamericanos procreadores de ese boom de la novela y el ensayo que comenzó a florecer en la Europa de posguerra que comenzaba a experimentar el “mercado único” y, particularmente, en una España curiosamente dominada por la dictadura franquista. Dos variables, dictadura y dictadores, que fueron semilla constante de inspiración para las novelas de García Márquez. De paso, hay un relato de García Márquez sobre el franquismo, publicado estos días en el diario El País, que refleja esa visión tan original sobre lo cotidiano, lo oculto, lo irónico y lo irreverente.
En todo caso, García Márquez, como muchos otros escritores, refleja como pocos el alma latinoamericana. Es el realismo mágico constante de unas sociedades que viven y sueñan, conviviendo con muchas ilusiones y pintorescas realidades. Su legado es una obra tan excepcional como excepcional fue el tiempo que vivió y que expuso en esa autobiografía novelada, ‘Vivir para contarla’. Porque Gabo sí vivió para contárnoslo.

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