Opinión

Para finales de noviembre está pautada una cumbre en Lituania entre la Unión Europea y los países miembros de la Asociación Oriental, siendo estos Armenia, Azerbaiyán, Bielorrusia, Georgia, Moldavia y Ucrania. Todos ellos ex repúblicas soviéticas que, tras más de dos décadas de desintegración de la URSS, merecerían más bien ser tratadas como repúblicas independientes.
El momento es revelador para medir el impacto geopolítico real de la UE, en claro declive en su peso e influencia. Por un lado, las relaciones con Rusia, potencia que intenta reconvertir su relación con estas ex repúblicas soviéticas del espacio euroasiático. Precisamente, Moscú busca atraerlos a un nuevo proyecto, la Unión Económica Euroasiática, donde espera hacer valer el peso geopolítico ruso. El objetivo es claro: frenar cualquier avance de la Unión Europea (UE) en el espacio postsoviético.
No deja de ser sintomático que la diplomacia rusa esté gravitando con fuerza en este espacio donde la UE pretendió erigirse como un polo de atracción. Las redes energéticas de petróleo y gas natural desde el Mar Caspio hasta Europa han jugado un rol esencial para este proyecto ruso. Países como Armenia y Bielorrusia mantienen una especie de tutela económica por parte de Rusia, sin olvidar la incidencia que esto tiene en otros actores como Ucrania, cuya posición geopolítica es esencialmente estratégica en las relaciones entre la UE y Moscú.
Esta Unión Económica Euroasiática en ciernes deja igualmente varios aspectos en el aire. Por ejemplo: ¿alguien se acuerda de la incipiente Comunidad de Estados Independientes (CEI) que se creó en diciembre de 1991, como entidad que precipitó la defunción de la URSS? En principio, está compuesta por 10 de las 15 ex repúblicas soviéticas, a excepción de Lituania, Estonia, Letonia, Georgia y Turkmenistán.
Si bien no existe constancia de que la CEE haya desaparecido de iure porque de facto su incidencia es prácticamente nula, a pesar de su énfasis en la cooperación económica. Ni siquiera sus socios fundadores, Rusia, Ucrania (que sólo forma parte de iure) y Bielorrusia, la han logrado consolidar como unión referente del espacio ex soviético. Veremos entonces qué sucede con esta Unión Económica Euroasiática que Moscú pretende consolidar no sólo para evitar la presencia europea en este espacio euroasiático sino, muy probablemente, para contener el expansionismo de China por Asia Central.
Pero el quid de la cuestión tiene que ver con la escasa relevancia de la UE para acometer un marco de atracción, una debilidad política que evidencia el declive anunciado desde hace tiempo. Tras el ingreso de Croacia y la eventual futura adhesión de Bosnia Herzegovina, no se habla de otra admisión en una UE en crisis. Precisamente, son esos países de la Asociación Oriental los que durante años ansiaron impulsar en estos foros unos procesos de negociación de admisión hoy en día desfigurados por la crisis económica.

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