Opinión

La fiesta del ‘Año Nuevo Lunar’ 2020 en la República Popular China ha provocado una de las peores pesadillas para la segunda potencia mundial tras de Estados Unidos de América, y la que está llamada a ser la próxima gran potencia mundial del siglo XXI. En esta fiesta, se calcula que unas 100 millones de personas del país más poblado del mundo se movilizan por todo tipo de medios de transporte para pasar las fiestas con sus familiares.

En el denominado ‘Año de la Rata’ del calendario chino, que da inicio a comienzos de febrero con el Año Nuevo Lunar y posteriormente la ‘Fiesta de la Primavera’, se anunciaba una etapa de “prosperidad”.

Precisamente, nadie presagiaba hace semanas que, con la actual epidemia del coronavirus manteniendo en cuarentena prácticamente a todo el gigante asiático, esa “prosperidad” anunciada se convierta ahora en una súbita crisis que requiera, precisamente, apelar al sacrificio, la contención y la moderación.

Ante tal magnitud de movilización de personas, la epidemia del coronavirus deja a China en una delicada situación. Su vecino y aliado estratégico, Rusia, ya ha cerrado sus fronteras con China, toda vez que desde Occidente repatrian a sus compatriotas. La cuarentena oficial aplicada a unas 60 millones de personas de la localidad de Wuhan (centro de China), donde se considera que se expandió la epidemia, deja por tanto varias incógnitas y lecciones en el aire.

Obviamente y sin ánimo de recrear estridencias ni falsas comparaciones, los efectos del coronavirus traducen un leve recuerdo de lo ocurrido con la central nuclear de Chernóbil (URSS) en 1986. Entonces, las autoridades soviéticas intentaron ocultar al mundo la magnitud de la crisis hasta que fue imposible ocultar lo inocultable. Hoy, con el coronavirus en expansión, China estaría aplicando el mismo tratamiento, tan inevitable como sospechoso.

La primera incógnita tiene obviamente que ver con la transparencia de la información oficial. Se ha calculado en más de un millar el número de muertos, toda vez el virus ya ha llegado a Europa y Canadá y ha provocado en Francia su primera muerte en suelo occidental. Para las autoridades chinas, el control de la información es estratégico e incontestable, en este caso muy probablemente enfocado en intentar atajar la posibilidad de una psicosis global que ya comienza a manifestarse en algunos medios occidentales.

No obstante, crecen informaciones, que necesariamente deben ser contrastadas y confirmadas, sobre un mayor número de víctimas, superando el millar, algo comprensible ante la expansión del virus con tamaña movilización de personas en el país más poblado del planeta.

Con ello, no faltan tampoco las inevitables “teorías conspiratorias” que siempre aparecen con las crisis globales, y que en este caso interpretan la posibilidad de una especie de “guerra bacteriológica” secreta. Sin menoscabar la posibilidad de algún error sanitario del cada vez más potente complejo científico chino, cuya capacidad para competir con la hegemonía científica y tecnológica occidental se hace evidente.

La segunda interrogante tiene que ver con la gestión del “día después”. Una vez superada la crisis, que muy probablemente ocurrirá tomando en cuenta el tradicional modus operandi del régimen chino para actuar con rapidez atizando un estricto control ciudadano, debe necesariamente preguntarse cómo quedará la imagen de China a nivel internacional.

La segunda potencia mundial tras EE UU calculaba un 2020 estratégicamente importante para su definitivo ascenso a la hegemonía global. Pero la epidemia del coronavirus puede de alguna manera ralentizar, obviamente por medidas de seguridad, estas perspectivas de poderío mundial, mas no suplantarlas.

China es el principal problema no sólo comercial sino geopolítico para EE UU y sus aliados occidentales. Así lo ha evidenciado la administración de Donald John Trump con sus idas y venidas en cuanto a las “guerras comerciales” con Beijing. Es evidente que con ello se reproduce una especie de ‘guerra fría’ bipolar entre EE UU y China, como anteriormente existiera con la desaparecida URSS.

Así, está por ver cuáles serán los efectos económicos para China producto del coronavirus. Con una economía en plena expansión global, los protocolos sanitarios pueden obligar a la suspensión de eventos internacionales donde China ansiaba exhibir su creciente poder. Frenar momentáneamente esas expectativas mientras se “limpia la casa” puede constituir ahora la prioridad máxima del régimen de Xi Jinping. Pero en la carrera por el poderío global, los retrasos obviamente tienen consecuencias.

Hace dos décadas, China solucionó satisfactoriamente el brote del virus SARS (Síndrome Respiratorio Agudo y Grave). Hoy es la epidemia del coronavirus la que obliga a Beijing a prestar su máxima atención, en leve detrimento de otros proyectos. Pero la interrogante sigue persistiendo: ¿podrá constituirse la crisis del coronavirus en una especie de ‘Chernóbil’ para China?

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