Opinión

No es usual que un país pequeño y periférico como Grecia logre plantar cara, a través de una votación popular, para rechazar lo que puede ser considerado como una falla estructural del sistema económico global: el predominio de las élites, de las tecnocracias instaladas en los principales organismos económicos y financieros internacionales.
Resulta por tanto, significativo que más del 60 por ciento de los griegos votaron el domingo 5 en un referéndum contra las medidas impuestas por los acreedores hacia el país mediterráneo desde 2010, simplificados en la famosa ‘troika’. Por la legitimidad democrática incuestionable (votó más del 60 por ciento del electorado griego) y por lo contundente del resultado. Por la coherencia política de su principal impulsor, el partido Syriza del primer ministro Alexis Tsipras, al observar cómo su hasta ahora ‘megaestrella’ en la negociación, el ministro de Economía Yanis Varoufakis, renunciaba al cargo ministerial “para facilitar las negociaciones” entre Atenas y la ‘troika’ en un contexto post-referéndum. Coherencia que, valga la pena mencionar, también se vio en la renuncia de Antonis Samaras, líder de Nueva Democracia, principal defensor del ‘sí’.
Cabe intuir que Varoufakis pasará a tener un cargo de asesor, seguramente decisivo en las negociaciones. Pero la pelota está ahora en manos de los ‘poderes fácticos’ de la Unión Europea, en una canciller Ángela Merkel que no se ha cansado constantemente de instigar a los griegos a votar lo que le diga la ‘troika’. Con ello, el ‘no’ griego no es una negativa a la UE, ni al Euro, ni al proceso de integración. Es una negativa a la tecnocracia autocrática instalada en la economía global, y cuya manifestación más visible es la persistencia de múltiples actores y compañeros de viajes, algunos incluso extraños.
El ‘no’ que decanta a su favor el pulso mantenido por Tsipras con la ‘troika’ también tiene sus incertidumbres. Una extraña alineación de actores, desde la extrema izquierda hasta la extrema derecha, se ha dado cita para rechazar a la ‘troika’, traduciendo un panorama convulso en un mundo ya huérfano de las ideologías, donde las líneas marcadas entre derecha e izquierda ya son claramente difusas y extrañas. Aunque el voto para algunos, como la xenófoba Amanecer Dorado, no sea únicamente hacia la ‘troika’ sino hacia la presunta ilegitimidad de Bruselas y de la UE. 
Con los condimentos necesarios para hacer de este referéndum (y de las negociaciones) una situación dramática (y traumática), se puede deducir que el mundo tiene ahora una deuda con Grecia. Con las incertidumbres sobre lo que vendrá y las penurias de una sociedad económicamente en quiebra y socialmente fragmentada, el ‘no’ parece suponer un salvavidas de urgencia. Envueltos en su peor crisis, los griegos están haciendo historia.

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