Opinión

Parecía un ‘fait accompli’ anunciado que la confusión derivada de la crisis ucraniana y, particularmente, de la caída del presidente Viktor Yanúkovich y la certificación del peso de EE UU y Europa en las nuevas autoridades de Kiev, iba a implicar inevitablemente una reacción radical desde Rusia. Y aquí entra en la ecuación la crisis mundial actualmente establecida por la ‘intervención’ política y militar del Kremlin en esta península de mayoría demográfica rusa.
La crisis de Crimea es un factor colateral directa e íntimamente relacionado con las ambiciones occidentales en Ucrania y el peso de los intereses geopolíticos de Rusia en el espacio euroasiático. Pero también puede certificar una inédita solución de la crisis ucraniana, certificando así una previsible aunque no exactamente probable ‘federalización’ de Ucrania, como mecanismo que consolide lo que se anuncia como una ruptura territorial y política de facto.
El epicentro de este pulso estratégico geopolítico es la necesidad de Rusia de anunciarle a Occidente sus igualmente visibles aspiraciones de potencia. Como en la breve guerra con Georgia (2008) y la pax rusa en Siria (septiembre de 2013) bajo la pretensión de preservar la base naval mediterránea de Tartus, el presidente Vladimir Putin quiere convertir a Crimea en ese colofón de la nueva estrategia geopolítica del Kremlin: trazar “líneas rojas” de actuación con Occidente, reproduciendo de algún modo la tensión propia de la “guerra fría” en la crisis más grave de la “posguerra fría”.
Como Tartus, la base naval de Sebastopol en el Mar Negro es la piedra de lanza de Moscú para disuadir a Occidente de que una Ucrania íntegramente colocada en la esfera de la OTAN y la UE es una condición inaceptable. De allí la rápida y radical reacción rusa por defender su peso geopolítico en Crimea, bajo el argumento (igualmente legítimo y evidente) de que una radicalización del nacionalismo ucraniano en Kiev afecte sensiblemente a la población rusófona, un 40% de la población ucraniana.
Con la práctica imposibilidad de asistir a una confrontación abierta entre Rusia y Occidente por Crimea (como sucedió en la famosa guerra de Crimea de 1854-1856), la crisis actual define y explica una nueva era en las relaciones ruso-occidentales, o lo que es más evidente, entre un Moscú que pisa fuerte en la arena global y un Washington que  parece más en retirada, tras anunciar su retiro militar a nivel global, y enfocada su atención en China y Asia-Pacífico. Atención: directa o indirectamente, Crimea puede anunciar una nueva geopolítica global para las próximas décadas.

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