Opinión

Yermos labrantíos

Rafael del Naranco | 11 de noviembre de 2013

Un libro sobre Alejandro Magno nos ha traído remembranzas. Leer ya es el único consuelo para quien no tiene otra amargura que la de ver los muros del terruño resquebrajándose.
Dice la autora al seguir los pasos del hombre bello y mejor amante: “Los lugares que visité eran los mismos donde habían hecho alto los macedonios, y el paisaje, la misma urdimbre del raído tapiz del mundo”.
Si uno examina a Arriano o Adriano en sus escritos sobre el macedonio siente esa misma impresión, al ser parte de unas calendas entre la brisa de la antigua Kosovo, intentando sentir por encima del lejano Parnaso el profundo salitre del Mar Mediterráneo.
Razón no le faltaba a Lawrence Durrell en el ‘Cuarteto de Alejandría’, cuando en las páginas de ‘Baltasar’ expresaba: “el Mediterráneo es de una pequeñez absurda; por la duración y la grandiosidad de su historia lo soñamos más grande de lo que es”.
Se cuenta que estando el hijo de Filippo en Bitola, escuchaba, poniendo en el oído un guijarro sacado del río Grna, las olas fragmentadas en el distante Pireo.
Nos cuenta Robert D. Kaplan, que el arzobispo Mijaíl, bajo la mirada del Pantocrátor cuya imagen severa adorna la cúpula de muchas iglesias ortodoxas en Macedonia, le dijo:
“Nací en Shtip, durante la esclavitud turca. Mi padre fue alumno de Gotse Delchev. Soy un macedonio de pura cepa. Sé lo que soy. Soy un pequeño gorrión, no soy búlgaro, ni un águila de Serbia”.
El mitrado ortodoxo recordaría posiblemente el sistema de unión de Grecia, Serbia y Rumania contra Bulgaria y los eslavos de Macedonia.
“Es verdad, por nuestra sangre corre algo de Alejandro Magno. Hemos sido crucificados, como Jesús, en la cruz de la política balcánica... Eso que está usted bebiendo no es ni café turco ni griego, es café macedonio...”.
Así los Balcanes son fuego sin consumir, y se va del alfabeto cirílico –inventado por Cerilio y Metodio en el siglo IX para traducir la Biblia del griego al eslavo– al monasterio de Grachanitsa en Kosovo, pasando por el de Ohrid en Macedonia. Todo es una larga historia.
Lo que parecía una unidad, hace unos años se ha ido derrumbando en una catástrofe de ruinas y olvidos.
Los vientos septentrionales en la vida de Alejandro, siempre le fueron propicios; los meridionales, traicioneros. En medio, puñados de salitre para no olvidar el Mediterráneo.

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