Opinión

El mundo parece volver a ser el propio de aquel 11 de septiembre de 2001, y eso nos obliga a regresar a los lóbregos salones de la novela ‘1984’ de George Orwell, y con ella a un tiempo de oscurantismo retrógrado. 

Al Gran Jefe del Estado de Oceanía nadie lo ha visto nunca, y, aun así, en cada esquina, calle, plaza y dentro de toda vivienda, hay un epígrafe con la leyenda: “El Gran Hermano te Vigila”.

Los medios de comunicación, que parecían ser faros librepensadores de los nuevos tiempos, se reparten entre el mejor postor. El dinero sigue siendo el valor al uso. En pleno siglo XXI estamos justificando toda acción contra la libertad. Creemos que el otro –si no piensa igual– es el enemigo a enfrentar. Y cuando eso sucede, hasta nuestro propio yo se vuelve hacia lo opuesto.

Se podrá decir que la emancipación supone responsabilidad, y en tal coyuntura, ante la amenaza global del chantaje, sería un deber sacrificarla, pero si lo hiciéramos, colocaríamos nuestra voluntad en manos de la potestad que no subyuga, y ya jamás seríamos soberanos de nuestros actos.

Raskólnikov, el protagonista de ‘Crimen y Castigo’ de Dostoievski, exclamó: “Si para realizar sus ideales les es preciso derramar sangre y pasar por encima de los cadáveres de los que constituyen un obstáculo, pueden hacerlo con plena conciencia de sus actos, siempre que sea en beneficio de un ideal, no con otro fin, reparen en eso”.

Infaustos momentos los actuales. La brutalidad exaltada centrada en una religión o postura política extrema, parecen ser la razón de tanto pánico generalizado. Nunca quizás como ahora, con tantos conocimientos científicos, la aprensión ha sido parte de nuestra forma cotidiana de vivir.

Son tiempos entre dos civilizaciones que han regresado de nuevo o jamás se han separado de las luchas perennes: la cristiana y la musulmana. En medio, manejando los hilos, el terrorismo incitado por clérigos o ayatolás que desde los alminares de las mezquitas o iglesias, emiten cánticos religiosos dirigidos a revivir la intolerancia más obcecada.

Hemos retornado al viento ennegrecido de las Cruzadas, siendo en la actualidad los seguidores de la media luna, y los de la cruz de Pedro el Ermitaño, los causantes de teñir de sangre los labrantíos acongojados. 

Maimónides solo parece existir entre las piedras de la Córdoba musulmana y en los Trece Artículos de su Fe, mientras el poeta Ibn Darray continúa hollando los aposentos de Al-Medina Al-Zahira, entonando las hazañas de Almanzor por el alto y bajo Guadalquivir.

Joseph Roth, el personaje contador de tradiciones en su Europa central, parecía ser el único en darse cuenta de cómo la humanidad seguía siendo en su fuero interno, un amasijo de contradicciones, ya que, con la misma mano de la cimitarra, y el poema más sutil, los resortes sensitivos del alma se derraman sobre una angustia desmembrada.

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