Opinión

Viento del pueblo

Rafael del Naranco | 19 de junio de 2017

Se llamaba Miguel Hernández Gilabert, se llama para la inmortalidad, Miguel Hernández. Lo habíamos leído a sorbos en una juventud cimbreada, al tener la certidumbre de que sus estrofas marcarían nuestras carnes hasta tornarlas muñones de olivos encarnecidos.
El cabrero, analfabeto incipiente, hizo una poesía terrosa, brutal con el sentimiento arrancado al vociferar del aire convirtiendo en bramidos los quejidos de sus hondonadas campesinas.
Anhelábamos ver su baja vivienda, comprender la manera como un ser campestre que apenas aprendió las primeras letras y poco más, nos pudo transferir un fragmento de la mejor poesía española del siglo XX. 
En la casa de teja árabe a tres aguas, puertas y ventanas en ocre oscuro y paredes claras, de una sola planta unida al cobertizo de las cabras y los aparejos usados en el campo, vivió el oriolano con sus padres y hermanos, hasta que, en un segundo intento de ir a Madrid a dar a conocer sus primeros versos barrocos con tendencia garcilasiana, más un corto regreso para unirse con Josefina Manresa Marhuenda, novia y esposa en ‘Las nanas de la cebolla’. No retornaría más a los pastos de su singladura trabada.
Habiendo tomado parte activa en la Guerra Civil leyendo sus poemas en las trincheras, acabada la contienda es detenido y condenado a muerte, sentencia que es conmutada a treinta años de cárcel. Imposible de cumplir: una tuberculosis zanjó su vida en 1942. Contaba con 32 años desencajados, quejumbrosos hasta el tuétano.
En cortas líneas poco se puede perfilar del autor de ‘Perito en lunas’ al ser su añoranza una seducción prodigiosa.
Las nanas o arrullos henchidos de angustia y olor a cebollón nacieron en una celda depresiva tras unas letras conmovedoras a la amada compañera hembra de su único hijo: “Estos días me los he pasado cavilando sobre tu situación. El olor de la cebolla que comes me llega hasta aquí y mi niño se sentirá indignado de mamar y sacar zumo de cebolla en lugar de leche. Para que le consueles te mando estas coplillas que le he hecho”.
¿Quién no recuerda en instantes de apesadumbrados murmullos esas estrofas de la mejor lírica posible?: “En la cuna del hambre / mi niño estaba. / Con sangre de cebolla / se amamantaba. / Pero tu sangre, / escarchaba de azúcar, / cebolla y hambre”.
Miguel se marchó al espacio inconmensurable sabiendo que lo hacía sobre tres heridas: la del amor, la de la muerte y la de la vida.
Juan Ramón Jiménez Mantecón leyó los primeros versos neogongorinos del juglar. De ellos diría el lírico de Palos Moguer: “Que no se pierda… esta voz, este acento, este aliento joven de España”.
Ahora, con la brisa de la sembradura y los almendros sin flor, desnudos, siento una tierna evocación cubriendo las páginas que llevo en mis manos. No me duele al leerlas el aliente adolorido. O tal vez sí. José Agustín Goytisolo Gay –hermano cimero de la saga Goytisolo– en unas estrofas abatidas del poema inmolado, nos dice de forma testimonial: “Es una historia conocida, amigos, / todos los recordamos, / –viento del pueblo se perdió en el pueblo– / pero no ha terminado”.
Ni habrán de concluir mientras la poesía represente la actitud del ser humano ante los espasmos de la vida. Bien lo escribió: “Para la libertad sangro, lucho y pervivo”.

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