Opinión

Un largo meandro de libros

Rafael del Naranco | 03 de octubre de 2018

Existen textos literarios que nos llevan sobre un trayecto placentero entre setos o fulgores alargados. 

Esto nos está sucediendo al releer las conversaciones que el fotógrafo Brassaï mantuvo con Picasso durante los esplendorosos años 30 en un París de manojos floridos y noches voluptuosas hasta la saciedad, en un Barrio Latino incandescente como jamás volvería a ser igual. 

Aquellas páginas del húngaro, amigo igualmente de Matisse, Dalí o Giacometti, son las que mejor nos han ayudado a deslumbrar la reverdecida del genio nacido en las empalizadas del Perchel, arrabal extramuros de Málaga, aposento en que el pintor comenzó a saber que colorear era moldear la propia naturaleza. 

A la par, nos acompañan en estos días otoñales del Mediterráneo valenciano, ‘El desfile de la vida’, producto de la imaginación del geólogo John Hodgdon, lances en que la evolución de la supervivencia sale a nuestro encuentro.  

Hay otros textos hoscos cuyos renglones o flechas de ballesta, desgarran, abren cicatrices y escarban en abatidos recuerdos. 

De estos últimos nos adjudicamos, inclinados al tálamo en el que intentamos conciliar los desvaríos del sueño, la antología poética ‘No vendrá el diluvio tras nosotros’, versos que Joseph Brodsky comenzó en Leningrado (San Petersburgo) y concluyó, ya exilado, en los Estados Unidos, cuando su corazón comenzaba a deshacerse. 

En esos poemas se presiente la mano del campesino que jamás pudo moldear o sembrar a su manera. 

Un crítico dijo que Brodsky bebió (y fumó) la vida a grandes sorbos, y la existencia, análogo a la traslúcida madrecita Rusia, se lo llevó de un zarpazo a la “orilla de miel congelada”, y así pudo estar cerca de la matrona que con su pueblo –siempre en las desgracias–, galanteara en sentido literario: Anna Ajmátova.

Todos alguna vez al compás de salmodias, hemos abrazado agazapados a hojaranzos y noches blancas, la elegía a John Donne.

Dormido el poeta del afecto con la alucinación sagaz y las divagaciones envueltas en un caftán, rapta a Brodsky.  Lo señaló Jan Sjacel: “Los poetas no inventan los poemas / El poema está en alguna parte ahí detrás / Desde hace mucho tiempo está ahí / El poeta no hace sino descubrirlo”.

En otra vertiente, existen escritores enseñando esquinas y bifurcaciones en las trochas del resuello. Ejemplo: Adolfo Bioy Casares. Su obra es célebre, apreciada, pero no leída. Los libros, igual a la piel, se arrugan, pierden tiesura y se vuelven cartón piedra. Al pibe argentino le sucede eso aunque no se lo merecía. El personaje más suyo, Morel, aún sigue en busca de una isla en algún lugar del Río de la Plata. 

Emprendimos estos párrafos con el Pablo Picasso retratado en cámara de Gyula Halász –Brassaï–, y continuamos hasta que nos llame el sueño con las tonadillas de Rafael Alberti dichas en ‘Lo que canté y dije de Picasso’.

Leo unas estrofas: “Pablo me dice: Estás mejor que nunca. Te pareces al Carlos IV de Goya. El mismo perfil, el pelo, algo rizado sobre el cuello y las orejas. Una moneda pelucona… Un día te haré un retrato… ¿Cuándo?”.

“No hay prisa, Pablo”, y un brillo fosforescente sobre los pinceles y las palabras se armonizaron sobre el Mediterráneo que los contempló emerger.

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