Opinión

Tramontana

Rafael del Naranco | 26 de agosto de 2013

Es hermosa la criatura y anda a modo de cervatillo cansado, despacio. Alguna vez, cuando al despuntar el alba salgo al balcón de la vereda a dejar al sol las dos tortugas ancladas a nuestro lado siendo apenas briznas de vida, la jovencita va de regreso a casa a entregarse al último hombre que la envuelve en bruma y reposo: Morfeo.

En Smirna hay un proverbio: ‘Cuando los dioses nos prueban con un pesar, casi siempre nos destinan una ventura nueva, como compensación’.

En la Grecia tramontana, en una de las moradas blancas de la isla de Creta, la joven sería una rosa coronada de guindas bebiendo el suave vino de la tierra en los brazos de Cupido.

Si su empalidecido rostro de nácar cuenta con veinte primaveras, es mucho. Cuando suspira, y lo hace a escondidas, su mirada es de un tinte color ceniza. Sumida en gemidos, queda sola bajo los desencajados arbolitos tan apretados al corsé de cemento de la calle.

Si pudiera, con espigas de centeno, mirra, miel y azafrán, cubriría su desnudez traslúcida apoyada en la vehemencia de esa exhalación ceñida de soledades y carraspeos dolientes.

Alguna vez, haciendo añicos la pusilanimidad de los años –ya son muchos y perseverantes–, intento acercarme a ponerle alas a su sonrisa cansada, a romper con mi presencia ese suspiro sin aliento. Alguien viene en nuestra ayuda sobre la brisa cansina:  “No escuches pequeña, lo que la gente te dice, / que soy viejo y no soy para ti buena pareja; / ven, todo es mentira, / hay un tibio amanecer digno de un mediodía”.

La elegía, escrita sobre pergamino de piel de cabra entre olivos y almendrales en lengua chipriota griega, si la escucháramos en su lengua original, sabríamos como Liasidis buscó el amor durante toda su vida por las apretujadas calles de Salónica y, el día que lo halló, comenzaron a amortajar su cuerpo con sábanas de lino y aceites aromáticos.

La doncella no sabrá de esa leyenda; su mundo es la sombra de un cuartucho de hotel, desnudar el cuerpo y deja su miramiento clavado en el techo desconchado de la habitación, lugar en que el olor penetrante a lavanda impregna las sábanas y rezuma sobre la piel desnuda de su acompañante de ocasión, de quien ignora su nombre y al que en ningún momento, nerviosa y asustada, mirará a los ojos.

Con el tiempo diré, quizás igual a Cavafis: “De aquellos ojos ya casi ni me acuerdo. Eran, creo, azules… ¡Ah sí! Azules, un azul de zafiro”.

 

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