Opinión

Greenpeace lo viene anunciando años con suma insistencia. La organización sabe bien del peligro que nos acecha: “La crisis ecológica que atraviesan los continentes no se puede ocultar tras un disfraz”.
Pertinazmente se les pide a los gobiernos una reducción drástica del CO2 a la atmósfera; prohibir la exportación de los residuos tóxicos y de las tecnologías contaminantes; abordar las causas reales de la destrucción de los bosques; impedir las pruebas atómicas y establecer el abandono progresivo de la energía nuclear.
Algunos modernos ecologistas no comparten las viejas creencias sobre el medio ambiente. Dicen que la contaminación natural apenas perturba la armonía universal. En general, no es más que un problema de reciclado.
Y ponen un ejemplo: las flores florecen mejor en el corazón de las ciudades repletas de polución que en el campo, donde las atacan hongos e insectos.
Igualmente llegan a expresar hechos asombrosos: Nada contamina más que un rebaño de vacas; guardando las proporciones. Éstas producen fluidos tóxicos que cualquier fábrica.
A la hora de hablar sobre la energía indivisible, creen que gracias a ella el Universo existe, lo mismo que los seres vivos de nuestro mundo. Cada estrella es un reactor, y los centros atómicos no hacen otra cosa que reproducir, al servicio del hombre, fenómenos que hay desde el principio de la creación del Universo.
En medio hay una tragedia real y es Chernobil helando la sangre. Aún hoy, a años de distancia, en Ucrania radiación sigue dañando a miles de personas.
Hay quien piensa que el brusco cambio del clima es producto de aquella catástrofe apocalíptica. Lluvias convertidas en vendavales o cataratas caídas de los cielos en lugares específicos, tienen su origen en el escape del fluido atómico.
Estos días está manando agua en diversos lugares del Planeta Azul como si el cielo se fuera a terminar de una vez y deseara descargar su furia sobre los pobres mortales.
La gente está temerosa, mira a las nubes con recelo y espera que la temporada de precipitaciones amaine o, en lo posible, sea clemente.
Los aguaceros, alegría de la vida, suele ser también duros y despiadados cuando se lo proponen.

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