Opinión

Un tazón de chocolate

Rafael del Naranco | 07 de marzo de 2016

El diálogo político es fundamental en las sociedades democráticas, y aún así, la bocanada de aire enrarecido que inunda nuestra nación o naciones españolas tras las elecciones generales –dependiendo en qué punto del secano estemos enclavados– es de mira y no me toques.
Las tertulias televisivas ocupan de forma vulgar, sin la menor ponderación, un tema que debiera ser analizado dentro de los parámetros de la sensatez o en su vertiente, lo más cercano al sentido común. Nada más lejos. La lechigada montada se convierte cada día en estupor y hace de la ciencia política un albañal.
El presente desosiego, decaimiento o malestar, invita hacer de esta columna de opinión un poco de relax mental envuelto en el sabor del apetecible chocolate de siempre, el mismo que antes de escribir las líneas, hemos saboreado con sumo placer. Uno es goloso de profesión.
Esa exquisitez es un elixir de los dioses cuya preparación se pierde en la noche de los tiempos, y aun así, durante un largo tiempo, se la revistió de pecado. 
Su enjundia sólida, sensual, asume sus raíces en el reino misterioso de los olmecas y los mayas, antiguas civilizaciones mesoamericanas que han sido las primeras en cultivar el árbol de cacao.
El seductor condimento ya se usaba con fines terapéuticos en el siglo IV en las tierras americanas. Los hechiceros lo recomendaban al ser estimulante, y los guerreros lo consumían como una bebida tónica. Los colonos españoles sabían sus virtudes curativas. Un viajero del siglo XVIII dejó escrito: “Con estos granos se elabora una pasta que según los indios es buena para el estomago y contra el catarro”.
Su sabor despertó efecto encontrado entre las comunidad médica. La propia Iglesia Católica veía en ella una especie de caldera de diablo, no obstante tiempo después no existía parroquia, grande o pequeña, cuyo cura no disfrutara de sus virtudes líquidas y… de la gozosa siesta.
En el siglo XVII ya había recibido la bendición de buen número de doctores y botánicos al descubrir los beneficios que contenía. 
Cierto galeno italiano comentó en esa época: “El chocolate no solo tiene un sabor agradable, sino que es también un auténtico bálsamo para la boca, pues contribuye a mantener todas las glándulas y humores en un perfecto estado de salud. Todo aquel que lo bebe posee un aliento muy dulce”.
Unos investigadores de la Universidad de Colonia (Köln), Alemania, se percataron de que el chocolate era beneficioso tras realizar un experimento con persona padeciendo hipertensión moderada y no tratada como patología. Se demostró que los polifenoles que contienen es un portento saludable. 
Ahora sí, tras saborear un tazón de chocolate, hablemos, sin extenderse mucho, de política y sus enjundias. 

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