Opinión

A la entrada de un pequeño cementerio marino se levanta una tablilla con estas palabras: “Si deseas saber lo que es la vida, pregúntate a ti mismo lo que es la muerte”. 

Se deslizaron los años, muchos, y aún perdura en nosotros esa cita.

Pienso ahora que, si un hombre leyera a lo largo de su existencia solamente la tragedia ‘Hamlet’, allí hallaría lo necesario sobre el ser humano.

Sobre el nacido en la población de Stratfor-Upon-Avon puede decirse y afirmarse todo. En sus tragedias hay el mundo posible. Nada se le escapó. Harold Bloom, profundo conocedor de William Shakespeare, menciona un prefacio de Samuel Johnson encabezando una edición de las obras teatrales del prolífico autor inglés. 

“Éste es el mérito de Shakespeare: que sus dramas son el espejo de la vida; que aquel cuya mente ha quedado enmarañada siguiendo a los fantasmas alzados ante él por otros escritores, pueda curarse de sus éxtasis delirantes leyendo sentimientos humanos en lenguaje humano, mediante escenas que permitirían a un ermitaño hacerse una opinión de los asuntos del mundo y a un confesor predecir el curso de las pasiones”. 

La mitología grecolatina dice que Sísifo, rey de Corinto, célebre por su astucia, al morir fue castigado al averno, y para no permitirle hacer uso de ninguno de sus conocidos trucos, debía empujar hasta la cima de una montaña una pesada piedra, pero ésta, antes de llegar a la cúspide, caía, por lo que Sísifo debía comenzar de nuevo.

Y en eso debe estar en estos mismos instantes el propio Hamlet. Personaje espeluznante, pavoroso y a un tiempo irónico, si no hubiera asumido las dos partes humanas en que la arcilla y el espíritu se abrazan intentando perpetuarse sobre el destino que la mayoría de las veces es sanguinario.

No lo sabremos jamás con certidumbre, y aún así es permisible que al Príncipe de Dinamarca –si Shakespeare no lo encadenara a su irremediable y desalmado destino–, hubiera podido dialogar con su propio yo, y con ello, hasta teatralmente, defenderse de un insaciable destino e impedir que se encontrara participando de tantos asesinatos. En el castillo de Elsinor, solamente faltó despedazar a los criados de la cocina. 

Shakespeare era actor, y muy bueno, dicen las crónicas de entonces. Para él, las puestas en escena, en el Teatro ‘The Globe’ de Londres, debieran ser sangrantes y apoteósicas. Así era la época. Igualmente se debate –y la Universidad de Oxford así lo atribuye– que varias de las obras las escribió el dramaturgo, poeta y traductor Christopher Marlowe. Las dudas y las certezas se dan la mano sin llegar a una decisión sólida.

Haremos uso al final de la escritura, del poder que posee el palimpsesto. Todo debe ser borrado, olvidado y así comenzar de nuevo. 

El emperador Adriano nos ha enseñado al trasluz de las páginas de Marguerite Yourcenar, a sopesar las heridas, e igualmente las alegrías que han sido muchas, dejadas sobre los años, aunque la autora de esas memorias apócrifas del emperador romano igualmente borró y rescribió muchas páginas. Tardó tiempo en conseguir el comienzo de ese brillante monólogo.

Mientras el amo del mundo esperaba la llega de Hermógenes, su médico, en la Villa de Tivoli escribe adolorido y aún así calmoso: “Esta mañana pensé por primera vez que mi cuerpo, ese compañero fiel, ese amigo más seguro y mejor conocido que mi alma, no es más que un monstruo solapado que acabará por devorar a su amo”.

Ya no matizo más palabras. El lector, si lo desea, puede hacerlo. Ahora es el dueño de estas líneas. 

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