Opinión

¿Para qué sirve Dios?

Rafael del Naranco | 07 de noviembre de 2016

En los primeros albores de la vida, cuando la raza humana andaba vagabunda y desorientada sobre la tierra inexplorada, su instinto mayor era comer, no pasar frío, huir de salvajes animales, procrear al calor de una cueva y en las noches mirar un inmenso cielo que aún era claro, luminoso, todo misterioso, asombro.
Desde entonces han trascurrido una infinidad de milenios.
Ahora, a mediados de la segunda década del presente siglo XXI, igualmente atiborrado de incertidumbres y aprensiones, conocidas las ondas gravitacionales y tras años de haber doblegar los átomos y subirlos a la carreta de la muerte convertida en la portadora de la energía nuclear, se nos anuncia con timbales agnósticos, que la base del ‘alma’ humana o nuestra conciencia del yo, es el producto de una reacción bioquímica dentro del cerebro.
El estudio de antropología cultural ha revelado “que la mayoría de los creyentes, sea cual sea su culto, tienen interiorizado un modelo extremadamente antropocéntrico de Dios”. No solamente posee una figura humana, “sino que utiliza los mismos procesos de percepción, razonamiento y motivación que las personas”.
En el pensamiento Pentecostés del medioevo, el alma era, en claro concepto de la verdad, la tradición venida de la misma filosofía grecorromana. Ahora hay dudas, y se habla de que en nuestra mente, ese concepto de ‘alma’, es una simple internación de células nerviosas, proyectadas en la parte posterior del córtex cerebral. 
¿Para qué sirve entonces Dios? Como resistencia, se nos dice, de lo que es inhumano e indigno del hombre. El teólogo y jesuita, Joseph Moingt expresa: “¿No será que aún no se han escrito las más bellas páginas de la historia de Dios?”.
Si fuera segura la presunción de que el “espíritu” es una estricta reacción química, y aceptáramos que la promesa de una vida eterna ha sido una artimaña de las religiones, su encaje efervescente nos llevará a un yermo espeluznante, y la raza humana no estaría sola, sino desamparada, desasistida de un soporte que la envolviera de una onda consoladora. Y es que a partir de ahí, el ‘homo erectus’, convertido en el ‘homo sapiens’, comenzará a enfrentarse el instante perentorio de su inflexión moral o en las membranas que ayudan ante los miedos y fracaso. No existiría la ilusión levantada en la raya del horizonte de la vida. ¿Terrible? Más que eso: el vacío.
Moshéh ben Maimón, más conocido como Maimónides, judío nacido en la Córdoba andaluza musulmana, exponía: “Solo nos es dado discutir lo que Dios no es”.
En cierto texto nos acordamos de haber leído estas palabras: “El mundo material ha tenido un Curvier, la atmósfera de Newton. Todos conocen, pues, la atracción del mundo material, pero ¿dónde están los Curvier y los Newton del alma?”.
Somos animales con miedo, soledad, ramalazos de querencia e infinidad de dudas, siendo así, que a estas alturas nuestra empinada existencia, apoyados en la misma fe del eremita solitario, nos agarramos a la ilusión de que el alma sea el reflejo del universo en expansión que tal vez no tuvo principio y que quizás no tenga fin.
Y, en esa envoltura, ¿tampoco esperanza?

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