Opinión

El síndrome del avión

Rafael del Naranco | 27 de enero de 2017

Aquel aciago 11 de septiembre del 2001 no solamente se derrumbó el centro neurálgico de Nueva York, sino igualmente el placer de viajar. Antes del colapso de las llamadas Torres Gemelas ir de un país a otro era placentero.
Los aeropuertos parecían disponer de un encanto concreto, esa sensación que produce todo traslado, sobre todo cuando en los mostradores de acceso, las anfitrionas eran atentas, agradables, inclinadas a solucionar cualquier inconveniente de última hora que le pudiera surgir al trotamundos desorientado.
Eso ha pasado a mejor vida. Hoy ir a uno de esos terminales y tomar un vuelo, se ha convertido en un desconcierto. El placer que hayamos podido sentir horas antes, se desvanece, se convierte en un mal encarado de las llamadas azafatas de tierra.
Un antiguo libro sobre la forma de tratar al viajero, llamado ‘The Tourist’, expresa: “Normalmente las personas antes de abordar un avión están nerviosas, padecen zozobra, miedo reprimido, lo cual produce pavor. Ante este cuadro clínico, se recomienda a los empleados de las líneas mesura, un poco de paciencia y mucha comprensión”.
En mi caso debo decir que sobrellevo bien esos síntomas, posiblemente los habré aliviado a recuento de la frecuencia de vuelos. En tales momentos las crónicas que escribo suelen expresar las experiencias durante los días de permanencia en alguna ciudad de un encanto dotado de hermosura, como acaba de sucederme en las ciudades de Viena (Austria), Praga (República Checa) y Budapest (Hungría).
Las aerolíneas suelen ser la mayoría buenas, los aviones cómodos y el personal de vuelo normal. El problema está en tierra, en ese mostrador que ha terminando convirtiéndose en un suplicio.
Ahí no terminó el calvario. Hay algo que he sabido desde hace mucho tiempo: A la policía de aduanas no les gustan los libros. Creen que entre sus páginas se esconde droga, estiletes afilados o revólveres. Intenté llevarlos en el último vuelo en una bolsa de mano, pero la encarada autoridad se negó rotundamente. Debí facturarlos, y lo hice. Después, como siempre, puede observar que el resto de los viajeros entraron al avión con bultos, bolsos descomunales y todo tipo de cachivaches.
He terminado pensando que lo mío con las líneas aéreas, no es pasión natural y emocionada, sino síndrome de Estocolmo. Habrá que visitar al psiquiatra.
John Dos Passos, novelista, periodista y perpetuo viajero, decía con conocimiento de causa: “Como todas las drogas, viajar requiere un aumento constante de la dosis”. 
Aún con esos inconvenientes que forman parte de ir de un lado hacia otro, la razón de viajar es huir; así, en momentos de flagelación interior, es sugestivo saborear las horas recobradas en cada espacio de la memoria. 
Algunas veces es fácil narrar viajes en predios sin costas, puertos ni barcazas, solamente las que suben y bajan entre los ríos; mientras otras se hacen taciturnas, esquivas, y aún así nos dejan un paisaje que permanece en la percepción de las retinas como una tarjeta policromada.

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