Opinión

Revolotear de gaviotas

Rafael del Naranco | 26 de enero de 2015

A razón de estar leyendo –he tardado años en comenzarlo, al ir de Fernando Pessoa a José María Eça de Queiroz, y de éste a José Saramago– ‘Canto libre del Orfeo rebelde’, del lusitano Migue Torga, me han venido pasados recuerdos de la ciudad que besa con pasión desmedida y se apretuja por última vez al río Tajo, un caudal de agua con una ciudad al fondo, inundada de azules, ocres y verdes.
Miguel Ferreira usa mejores pinceladas: “Blanca, azul, roja, verde, castaña verde, blanca muy blanca irresistiblemente alegre y acogedora flotando por el Tajo. Tierra a la vista. Era Lisboa”.
De ese promontorio, sobre el Castillo de San Jorge, tengo una cicatriz en un costado del alma. Posiblemente ya no se vea, pero de aquella muchacha del añejo barrio de Alfama, donde los planos resultan inútiles para orientarse, me queda su sabor a salitre, sus ojos grandes, brunos –dos ascuas encendidas–, inundados de agua cuando me esperaba un pequeño paquebote para llevarme al norte, a Viana de Castelo, donde nos aguardaban, a ella el olvido, y a mí un seguir haciendo caminos.
Ya se sabe, los enamorados quieren a toda costa que su apego se vea, pero que su pasión no se comparta. ¿Dónde estará ahora Ana de Aveiro? En sueños la recuerdo y me sigue sabiendo su piel a ese licor de guindas llamado “grihinga” que solíamos tomar, en el último grito de la noche lisboeta, por la Rua Cascais.
Yo he escuchado decir que Lisboa se asemeja a un laberinto, pero eso suele suceder con frecuencia cuando uno es vencido por ese elixir prodigioso llamado Ribeiro, Carbalho, Ferreira, el rey de los aguardientes. Entonces sí, la ciudad, desde la Rúa Alecrim arriba hasta llegar a Santa Catarina, se envuelve en un tejido de deseos imposibles.
Para muchos viajeros, la verdadera Lisboa de Camoens está en las tascas y los restaurantes con azulejos enmarcados, aún hoy, en las técnicas del siglo XVII, donde comer, beber, jugar a las cartas, discutir de fútbol y hablar mal del gobierno de turno, forman parte de la esencia de esa raza de marinos y emigrantes.
Pero para mí la ciudad ya no es la urbe aristocrática y bohemia de ‘Los Maías’ o la de ‘El primo Basilio’, grandes novelas de Eça de Queiroz aparecidas a finales del siglo XIX, sino una ciudad de trabajadores que transitan incansablemente las avenidas, ruas y muelles en busca de sus sueños cotidianos.
Luego de disfrutar de los atractivos de la urbe en la habitación del hotel con vista sobre huertas y jardines, nos dimos cuenta de lo cerca que en la ciudad están los extremos opuestos.
En esta Lisboa –nadie sabe con certeza si es Atlántica o Mediterránea– leímos hace tiempo en una guía de turismo: “La opulencia se codea con la pobreza; lo viejo con lo nuevo; lo alto con lo bajo; lo oculto, con lo sublime y profano”.
Y así, de forma mágica, todo viajero debe abandonar su voluntad a la belleza para buscarla más allá de las remembranzas que la mirada asombrada halla en el doblar de una esquina o ante la suave candidez de un geranio en una maceta de barro cocido al sol.
Acaso igual que estas letras de hoy maceradas de tierra, licor de cerezas y salitre.

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