Opinión

Rebuscar los huesos de García Lorca

Rafael del Naranco | 26 de septiembre de 2016

Nuevamente comienza en Viznar y Alfacar, Granada (Andalucía), otra búsqueda de los restos de Federico García Lorca. En la primera búsqueda en 2009, el intento fracasó. Los arqueólogos excavaron en lugar señalado por el hispanista irlandés Ian Gibson, pero no encontraron nada. La intención se basaba en testimonios de los vecinos. El poeta fue asesinado en los primeros días de la guerra civil y enterrado en una fosa común.
Aquella noche de terror le acompañaron –no hay nada certero– Francisco Galadí Melga y Joaquín Arcollas Cabezas, dos banderilleros; igualmente el maestro de Pulianas, Dióscoro Galindo González
Se supone que agonizó al alba, de espaldas, a la vuelta de la curva de un camino en donde, al escuchar los sonidos secos de los fusiles, las cunetas y ortigas se volvieron lagrimones de fuego, y aún con toda su apasionante búsqueda que comenzó en 1955 y siguió hasta hace apenas dos años, los huesos de García Lorca son la historia de un misterio. Sobre todo cuando los familiares del poeta de ‘Romancero Gitano’, aún encontrando la osamenta, se oponen a su exhumación. Laura García-Lorca, sobrina, ha sido tajante: “No vamos a dar autorización para buscar sus restos”.
Rafael Alberti Merello lo habló una amanecida: “En esta noche en que el puñal del viento / acuchilla el cadáver del verano, / yo he visto dibujarse en mi aposento / tu rostro oscuro de perfil gitano”. “¿A que no me encuentras?”.
Cierto, ni el torito en celo, la cabrita mansa, ni la brisa, tampoco la alondra ni el espino: nadie aún ha podido hallar la osamenta acribillada de odio montuno. 
Retozando como las niñas al jugar en los patios de claveles y acequias, intenté buscar a Federico. Tarea vana. Escarbé en los arroyos, dentro de los pozos de agua, en las fraguas, e íntimamente, con aprensión, rasgué las ramas de los almendros, y el poeta no habitaba.
Lo sabía: sigue correteando a la gallinita ciega hasta que le diga su amigo Antoñito ‘El Camborio’ en noche inundada de nanas, que ya es hora de adormecerse en La Alhambra para ser el guardián perpetuo de la luz, el agua, y retornar al mismo sendero de los inconmensurables poetas del amor en el que todo el tiempo es el mismo espacio de cada ser humano cuando una voz en la prehistoria del cosecha, tras bajar de un árbol dijo con presión casi muda: “te amo”.
Irrefutable: en las esquinas de la Granada agosteña, Federico no estaba. Pudiera ser que estuviera mojando los pies entre las espadañas del río Darro, viendo los arrullos de la “casada infiel” o la pasión sensual como renace siempre.
El tiempo del apego es y será perenne, mientras los ardores del verano se han ido y se abrazan al otoño, el sudor lujurioso, se abra como un abanico reventón que esparce erotismo igual a gotas de escarcha consentidora.

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