Opinión

El poder de la vida

Rafael del Naranco | 12 de septiembre de 2016

El pensador George Steiner dijo en la ciudad de Oviedo al recibir el Premio Príncipe de Asturias en Comunicación y Humanidades: “Bajo las circunstancias actuales, quiero decir que algunos problemas son más grandes que nuestros cerebros”.
Y es así en la actualidad cuando la raza humana está tocando el borde de la concepción universal y tenemos preguntas bien encaminadas centradas en la preexistencia y las leyes físicas que nos sostienen en el Cosmos. 
No es verdad que desde los tiempos de las cavernas no hayamos aprendido nada, solamente a enterrar a nuestros muertos.
Partiendo de los asombrosos dibujos en la cueva de Altamira, al ‘El arte de la guerra’ del maestro Sun Tzu, hasta llegar a la revolución del lenguaje y el sentido de la literatura tal como hoy la conocemos, parece haber pasado una eternidad, aunque solamente el tiempo necesario para ir de la quijada de asno a desmembrar el átomo.
En ‘El desfile de la vida’, John Hodgdon Bradley, un paleontólogo con alma de poeta, nos toma de la mano como si fuéramos niños indefensos, y nos lleva por los infinitos senderos de los evos de la vida.
Al comienzo de la lectura se nos recuerda que debemos prepararnos en conciencia y con el espíritu abierto, a realizar un viaje, acompañados de un nuevo Dante, por un pasado medido en millones de años hacia los mares de las rocas y los fósiles, con la sublimidad de escucharlos hablar en un lenguaje conmovedor, al ser el eco del renacer humano.
Estamos asustados. Somos bultos en las sombras. Ignoramos cómo empezó la vida, ni dónde, ni exactamente cuándo.
Hicimos poesía, música, prosa excelsa, alabamos al Creador, levantamos cohetes a la oscuridad del espacio y clonamos seres vivos; glorificamos las Pirámides, el Partenón y el Faro de Alejandría; moldeamos en mármol ‘La Venus de Milo’ y, en un toque de inspiración sublime, nació el ‘El Paraíso perdido’, ‘Hojas de hierba’ y la partitura ‘El himno a la alegría’.
Y aunque aún no hemos aprendido a formar una humanidad donde imperase el respeto supremo a la existencia, eso llegará.
La inteligencia es un fuego que se escapa de las barreras de la definición y aún así los seguimos escarbando para conocerlo mejor.
Sabemos cada vez más de la potencialidad del ser humano, su permanente lucha, ese pretérito enfrentamiento contra los elementos y los quebrantamientos del espíritu, recordándonos persistentemente, aún en las peores circunstancias, los valores eternos, esos que nos hacen levantarnos sobre nuestros propios errores y mirar el horizonte reparador con extraordinaria ilusión.
El poder de la vida es inmenso. Tengamos eso presente.

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