Opinión

No rompamos Europa

Rafael del Naranco | 30 de mayo de 2016

El añejo continente de las civilizaciones greco-latinas a pesar de los avatares, sigue conservando aspectos memorables de su pasado luminoso. No todo es polvo ni piedra calcárea, hay luz, ideas imperecederas, pensamientos filosóficos trascendentales y una raza de hombres y mujeres con valores sólidos basados en la libertad y el humanismo.

El Reino Unido –no ahora, sino desde hace años– no ha estado muy cómoda unida a Europa. El llamado acuerdo anti-Brexit (salida) de la UE está teniendo maremoto de ideas, dudas, miedos, pero igualmente no todos los anglosajones quieren esa ruptura. De ello se hablará todas estas semanas hasta el 23 de junio. Habrá encontronazos. Palabras duras, gestos altisonantes, y aún así, creemos que es será siempre más lo que une a la Isla de Albión con el continente de Galileo, Michael de Montaigne, Renés Descartes o Spinoza, que todo lo que pueda separar.

Europa no es una agrupación de naciones, sino una idea en sí misma, donde cada recuerdo, al decir de Novalis, es el presente, pero uno, por su propia cuenta, añade capas de tradiciones, reales unas, creadas otras, o colocadas, a modo de una venta de paños regentada por un resignado sefardí, al deleite del parroquiano de turno.

La Unión Europea, mal que bien, hoy transita al paso de ‘La marcha Radetzky’ de Strauss, composición que Joseph Roth, nacido el mismo año de la muerte del maestro, convirtió en un relato admirable basado en la impávida Austria imperial.

Y hete aquí que uno, cronista de andar y ver al amparo de los antiguos errabundos, anda estos días de mayo florido de un lado a otro por las encrucijadas de la curtida piel de toro, al encuentro de entelequias y metáforas.

Un ensayo, ‘La idea de Europa’ de George Steiner, va en la talega. Son páginas arropadas con prólogo de Mario Vargas Llosa y la introducción de Rob Riemen bajo la égida de Thomas Mann, el hombre que mejor supo vislumbrar apasionadamente a Europa.

Relata Riemen, el organizador de las conferencias de Nexos Institute, cómo en 1934 el autor de ‘La montaña mágica’ se vio en la obligación no desagradable de escribir una necrológica para un hombre con un legado importante en su vida, llamado Sammi Fischer, editor húngaro-judío de Berlín, la persona que, en gran medida, “había hecho posible que él llegase a ser escritor”.

Mann recordaba la conversación disfrutada por última vez con el anciano amigo. El librero expresó su opinión sobre un conocido común:

-No es europeo, dijo meneando la cabeza.

-¿No es europeo, señor Fischer? ¿Y por qué no?

-No comprende nada de las grandes ideas humanas.

Y Riemen matiza: “Las grandes ideas humanas, eso es la cultura europea”. Lo que Mann había aprendido de Goethe, y éste de Ulrico von Hutten, cuando un día puntual, el 25 de octubre de 1518, escribió una carta a un colega en la cual le explicaba que, no obstante siendo de noble cuna, no deseaba ser un aristócrata sin habérselo ganado.

“La nobleza por nacimiento es accidental y, por tanto, carece de sentido para mí. Yo busco el manantial de la nobleza en otro lugar y bebo de esas fuentes”, expresaba.

Y en ese instante surgió la verdadera hidalguía, la del espíritu, la nacida del cultivo de la mente para llegar a ser algo más de lo que también somos: animales.

Años después Europa es para Steiner un café repleto de gente y palabras, donde se escribe poesía, filosofía y se conspira sin separarse de las empresas culturales, artísticas y políticas de Occidente.

Tras esas palabras del autor de ‘Pasión intacta’, uno reconoce ser europeo de profesión y oficio. Igualmente de exaltación desbordada.

Cuando admiro a Europa lo hago sobre mis raíces imperecederas.

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