Opinión

Miterrand también amó

Rafael del Naranco | 24 de octubre de 2016

Con motivo de esas 1.200 cartas –un soplo de amor juvenil que duró medía vida– que François Mitterrand envió a una muchacha de 19 años, Anne Pingeot, teniendo él 46 –ya casado y con dos hijos– la figura del expresidente galo se hizo humana, siendo ahora cuando, entre los volúmenes de libros siempre a mano, volvimos a sus memorias interrumpidas.
No son páginas de cabecera, y aún así, siempre están presentes cuando miro a la Europa de mis raíces interiores. Esta mañana, otoñal, en una ciudad de Valencia mediterránea amenazando lluvia, y en la que moro más que vivo, sucedió nuevamente ese encuentro.
La Historia no es repetición de sucesos y olvidos, sino un espejo en el que cada cierto tiempo los países deben mirarse. Cicerón expresaba: “El que no conoce la historia (o no sabe lo sucedido antes de que él naciera), toda su vida será un niño”.
Sé que a Mitterrand, desde su muerte en enero de 1996, le han escarbado muchas veces sobre su tumba, pero en estos instantes de dudas y vacilaciones en la añeja Europa achacosa de los grandes problemas –miles de refugiados llegando a sus fronteras, la salida de Inglaterra de la Unión Europea (UE), el avance de Rusia hacia los países del Este, la economía rasgada, el avance de los partidos de la ultraderecha–, él, sin mella, volvería a reencarnarse en el gran estadista que había sido en sus mejores momentos, aún tenido ante sí y la historia moderna a otro gigante: Charles De Gaulle.
Él creía en el destino de Europa; es más, decía que si no creyera en él, estaría faltando a sus obligaciones con el pueblo francés. Tanta ha sido su lucha por ese ideal, que hoy, sin su descomunal esfuerzo, el continente hubiera sido diferente.
Medito sobre ello y me zarandeo; los recuerdos se apiñan y un tiempo ido se acerca como calina matutina casi hasta tocar las estribaciones del alma, y es que entre mis asignaturas pendientes –existen otras, resignado a no aprobarlas jamás–, está Francia, no en el sentido de nación, sino como una ensoñación perdurable.
El país galo no penetró dentro de mi ser por los ojos; lo hizo, y de una forma brutal, como un huracán impetuoso. Un grupo de españoles exiliados, anarquistas unos, comunistas otros, me llevaron un buen día –era igualmente otoño, las hojas amarillas cubrían los fríos bulevares– a un mitin de un hombre llamado Mitterrand que se celebraba en Toulouse (Occitania).
En la ciudad del Garonne esa noche estreché su mano y le escuché hablar. Fue todo el contacto personal que tuve con su figura, y aún así su estela personal, la forma de decir “libertad” –nadie pronuncia esa palabra como un francés– caló hondo en aquel imberbe que salía al encuentro de la vida.
Son estas cortas líneas una evocación aupada hacia su figura al leer algunas de esas 1.200 cartas de amor de un político aparentemente duro –lo sabemos ahora–, impávido, que sí tenía un corazón en lugar de una máquina haciendo ruido.

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