Opinión

El misterio eterno

Rafael del Naranco | 07 de septiembre de 2015

De los periódicos:
“El neurólogo Oliver Sacks se enfrentó en los últimos meses a la tarea más difícil con la que pueda lidiar cualquier pensador, sobre todo alguien que dedicó toda su obra a tratar de entender el funcionamiento de la mente humana: explicar su propia muerte”.
Tal vez –y es certero– que uno de los asombrosos misterios que la mente humana no comprende y posiblemente no lo consiga nunca, es la creación del Universo y, a la par, la razón y causa de nosotros mismos como seres pensantes. 
En la insondable historia del principio de todo, allí donde se debe hallar el origen del Cosmos, solamente la fe puede dejarlo en manos de un Dios aunque éste sea igualmente el mayor de los enigmas.
¿Qué había antes?
Simplemente, dice la ciencia, un caldo de masa informe a una temperatura de miles de millones de grados que un astrofísico llamó ‘Big Bang’ –la gran explosión–, el instante en que el calor y la luz, en la cosmología moderna, sitúa la creación del tiempo.
Comenzamos a nacer en esa millonésima de segundo en medio del caos más inimaginable, pues un momento antes no existía ni arriba ni abajo, aunque todo estuviera allí.
¿Hay por tanto un antes y un después? La lógica humana, al no disponer de otro soporte, lo admite, aunque todas las historias tienen un comienzo, el poético… érase una vez, pero cualquier astrofísico moderno nos hablará de la conveniencia de desconfiar de las extrapolaciones.
Según Voltaire, si existe un reloj, debe haber un relojero. Pero, ¿es válido ese racionamiento para el “gran péndulo” del Cosmos? No, a no ser que nos aferremos a la religión, y eso ya no será ciencia, sino una ensoñación del alma.
Algunos hombres siguen el atajo del filósofo Federico Nietszche: “Dios, ha muerto”. Eso tampoco puede explicar, aunque ciertas teorías de la creación dejan poco espacio a la idea de un Supremo Ser creador.
Una de ellas es que el Universo nació sin supuesta intervención divina y parece no tener ni fronteras, ni límites, ni principio ni fin.
¿Hasta que punto es cierto? El Premio Nobel de Física Leon Lederman lo resuelve: “Solamente Dios sabe lo que pasó en el principio de los tiempos”. 
La edad exacta del Universo es de 13.700 millones de años. Si pensamos que la civilización moderna humana apenas llega a los doce mil años, nos daremos cuenta de la inmensidad de ese tiempo.
La Nasa hace años publicó impactantes imágenes de los primeros instantes del cosmos tomadas por la sonda Wilkinson Microwave Anisotropy Probe, la cual confirma la edad del Universo y de cómo en su origen estaba compuesto únicamente de 4 átomos de materia. 
Su misión fue trazar un mapa del Universo, midiendo con una precisión de una millonésima de grado las ínfimas fluctuaciones de temperatura presentes después de la gran explosión.
De ese instante inicial se conserva un rastro fósil, una irradiación que empleó 13.700 millones de años en llegarnos y demostrar con ello el nacimiento del tiempo. 
Posiblemente en ese instante, Dios estaba jugando a los dados,  descifrando la cuadratura del círculo o comenzando a pensar en crear un extraño ser humano para matar su inmensa soledad.

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