Opinión

Estabas linda esa atardecida de flores sueltas de Araguaney empujadas con soplos de brisa matutina.
Te entusiasmaban por aquel entonces los vientos alisios y los copos de nieve. “Moriré –decías gozosa– sobre ese manto de armiño”. Yo siempre te respondía con la misma cadencia: “Un día vendrás conmigo para conocer esa blancura impávida”.
Y esperaste ese viaje, y con la espera, por algún pliegue del alma, se te fueron los deseos de viajar, pues ya tenías –ante ese largo desasosiego– todos los caminos, senderos, catedrales, fondas, claros valles, puentes y ríos frondosos, en la retina de tus ojos, grandes y azules cual el mar de la esperanza.
Con frecuencia, cuando caminabas despacio por el bulevar de Sabana Grande, me decías como distraída: “Es mejor soñar que viajar”. Me mirabas, tomabas mi mano y añadías: “Así me canso menos”.
Los años, firmes, certeros, que nada perdonan, nos hicieron un ovillo de sensaciones vagas. Un día, posiblemente gris, te alejaste como la bruma, de la misma forma que las sombras. Pero fue por poco tiempo, quizás te acostumbraste a mí y necesitaras el calor de mis palabras.
Bien recuerdo que al verte entrar por la puerta de la casa en la vereda, todo se me llenó de raudal alegría, y pensé, viéndote tan cerca nuevamente, que aunque escapemos uno del otro, la esencia de nuestro amor quedará en las paredes de esta calle, entre sus árboles y en los recovecos de la brisa raudal y suelta que baja de la cordillera de El Ávila en una ciudad de Caracas que ya he ido dejando atrás a cruzar el océano Atlántico haciendo el mismo sendero que, Dios –al recordarlo– sentimos que se nos ha ido la tarde en cantar una canción en deshojar una rosa y en recordar un amor; y se nos irá la vida en volver a esa canción, en apreciar esa rosa y en recordar ese amor.
Vivir es cuesta muy empinada, pero si a nuestro lado está la compañera de las cuitas recónditas, la amiga en la que hemos depositado cada una de las sensaciones sentidas en años idos, todo será más llevadero y menos traumatizante.
Y es así como el juglar de los enredos del aliento, cuando pasaba bajo nuestra ventana, solía decir con sapiencia, cuando miraba tus ojos avellanados: “Jamás hay que ser el primer amor de un hombre, sino el último”.
Un amor que se va. ¡Cuántos se han ido!
Los poetas siempre aciertan al ser los cuentagotas de la existencia toda.

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