Opinión

Una amanecida allá, donde comienza el Sur, caía el poeta teutónico que, cuando hablaba, decía aguas torrenciales y maíz envuelto en guijarros de Pacaembú.
Esa alborada Isla Negra chorreaba oscuridad. Los peces y los mástiles, asustadizos, se hundieron en el océano y la misma luz del alba no se atrevió a romper el horizonte color malva.
Alguien, ante el cadáver del poeta, abrió sus venas y pintó sobre un poncho: “...hay un mensaje escrito en las paredes / y el pueblo, sólo el pueblo, puede verlo”.
Pablo recorrió envuelto en mortaja azulina, frente a los acantilados cara a la furia del Pacífico –nunca fue sereno, ni claro– toda la gama de la lírica. En su primera etapa juvenil cruzó volando el húmedo sendero vaporoso del romanticismo, y así, en ‘Veinte poemas de amor y una canción desesperada’ nos legó el libro que casi hunde toda la poesía amorosa europea, desde los romances anónimos del siglo XV.
Al pie de la tumba lo esperaba Gabriela Mistral, la maestra pequeña y frágil cuya obra, de una sexualidad erótica arrebatadora, había levantado sobre uvas, querencias sufridas y vientos.
Cuando en Hispanoamérica flamea una sílaba de color añil, verde o roja, pensamos en Pablo Neruda, y en la memoria perenne del pueblo, cada cien años, germina la palabra vigorosa como las piedras de Machu Pichu, las olas rompientes en Arica o la arena fogosa de las playas caribeñas en esa tierra de gracia llamada Venezuela.
Un día el bardo, visitando Caracas, la ciudad asentada en un valle a los pies de la asombrosa montaña El Ávila, llamada ahora Waraira Repano en su nombre originario, escribió en una onda poética: “Nombres de Venezuela / fragantes y seguros / corriendo como el agua / sobre la tierra seca, / iluminando el resto / de la tierra / como el araguaney / cuando levanta / su pabellón de besos / amarillos”.
A Caracas uno la siente ama aunque no sea grata en su estructura. Como ciudad es malcarada, poco agraciada, violenta, impúdica, inhumana en casi todos sus aspectos, y únicamente su gente, franca, cordial, amable, con un deje hablado tierno y sutil, atrae al viajero reconfortándole con la urbe desencajada.
Toda ciudad –y Caracas lo es– representa hondura y anchura de los ojos que la ven, y así, envuelta en brillo de gas, vapor y calina de la noche saliendo de los botiquines, bares o pulperías –abastos populares– marca los tópicos de su existencia nacarada, y los poetas cual Neruda –sangre del pueblo renacido– o los versos de ‘Angelitos Negros’ en las estrofas barloventeras de Andrés Eloy Blanco, se vuelven luciérnagas, arepas, pan de piquito, hallaca, cerveza fría o canto mohína al tras luz de una palmatoria dentro de un ranchito al relente del solitario morichal.
Caracas es callosa y dulcificante a su vez. Se levanta entre el ramalazo y el joropo. No es extraña, es difícil.

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