Opinión

Decir que la juventud de ahora es peor que la nuestra no suele ser cierto. En infinidad de aspectos son mejores aun teniendo una manera de actuar que uno no comprende al habernos quedado varados en la nostalgia de la madurez. Hay entre esos muchachos muchos descerebrados, pero también existían entre las generaciones anteriores, cuando no había celular, CD-Rom, computadora, piercings en cachetes y lengua, y los Beatles eran aún bruma en Liverpool.

Bajo una luna grande, amarillenta, mientras el alba comienza a rasgarse sobre un cántaro de luz, siempre hay un muchacho durmiendo en un campo de madreselvas, y es que el joven representa el sueño humano cuando estos derivan hacia los placeres y las aflicciones de la existencia.

Las crisis económicas de las naciones del llamado tercer mundo, la padecen primero la adolescencia de bajos recursos al ser carne estrujada que la supervivencia abofetea.

Y es que los niños, antes de llegar a la pubertad, suelen ser brutales. La muerte en ellos es un juego; no saben discernir un crimen real contemplado en plena calle, de otro visto en la televisión. Lo ven tan natural que nadie puede considerar intrínsecamente malos sus actos. La psicología infantil sigue siendo una asignatura inacabada en muchos aspectos. 

Con los años, una novela que nos pareció tiempo atrás cruel, ahora es reflejo cotidiano de la realidad. Se trata de ‘El pájaro pintado’, de Jerzy Kosinski.

Lo narrado sucede ahora mismo en campos de Siria, Afganistán y en otros países conflictivos, y no es culpa de los muchachos. Los padres, convencidos de que lo mejor para asegurar la supervivencia de un hijo durante los horrores de una guerra, es alejarlos de ella, los envían al abrigo de una aldea lejana, perdida en la inmensidad de cualquier parte. Cuando esto sucede, muchas de esas criaturas se suelen perder entre los vericuetos de un peregrinar ineludible sobre los campos minados del dolor y la muerte. 

Algunos son obligados a limosnear, prostituirse o trabajar casi como esclavos.

Acaso hubiera sido mejor encerrarlos como a los ruiseñores: en jaulas. Eso suelen hacerlo en el norte de China y en pueblos de Somalia, Eritrea, Congo o Uganda. Igualmente, en las grandes y apocalípticas ciudades.

En el norte de Italia, en la rica zona de Lombardía y en diversas ciudades del sur de España y Francia, niños mendicantes venidos de Serbia, Rumania, Bulgaria, Ucrania, Polonia y en las naciones del norte de África, en carromatos o barcazas podridas como se hacía en la baja Edad Media, salen igual a bandadas de gorriones hacia las playas mediterráneas a mendigar. Con frecuencia están tullidos, deformados. Se les deja en esas condiciones para despertar compasión en los turistas y así obtener dinero.

Estos andariegos de senderos sin horizontes, cuando ya pueden usar piercings o hacerse tatuajes tras años de penuria, han cruzado los mojones de la desilusión. Con todo, una vez libres de ataduras inhumanas, procuran hacerse apresuradamente hombres y mujeres con esperanzas.  

O tal vez instituimos por compasión que así será. 

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