Opinión

Suelo tener diversos libros cerca del tálamo en que duermo o en un sofá en el cual moro durante horas. Uno de ellos –nunca falta– es ‘Memorias de Adriano’ de Marguerite Yourcenar; otro, un tomo raído de poetas griegos; ‘Campos de Castilla’ de Antonio Machado y, en estas últimas duermevelas, volví al encuentro de unas pequeñas páginas de Mario Benedetti. Se llaman ‘Vivir adrede’, un puñado de sucesos, recuerdos y anhelos diarios nacidos entre los orilleros de las cuencas del Plata.
Esas líneas marcaron febrilmente el espolón literario de una creencia personal irreductible, que le abrió el sendero de un estilo propio, determinado por los sentimientos de frustración, desesperanza, pequeñez y mediocridad que le rodeaba.
Tal vez para el autor de ‘Esta mañana’, ‘Montevideanos’ y sobre todo la perdurable novela ‘La tregua’, que le obligó a cruzar fronteras y atravesar conciencias, la asunción vital de la existencia pasa por los sembradíos de la política.
Quizás sí o quizás no, al tener la vida tantas bifurcaciones como las retenidas en las hendiduras de la piel. Coincido con sus analistas literarios: la obra de Benedetti la marca el amor y la solidaridad, y a medida que pasa el tiempo, también la muerte.
Era un poeta destilando querencias furtivas, y esta noche pasada no he podido hallar ninguno de sus versos en las muchas antologías guardada; aún así, removí en la memoria:
“Aquella esperanza que cabía en un dedal, / aquella alta vereda junto al barro, / aquel ir y venir del sueño…”.
Acaso esta poca resonancia de su obra poética debe encerrarse en la razón de su mundo amplio y sencillo, profundo y claro, con un decir las cosas que llegan a todos los rincones de la sensibilidad, es así que en Uruguay siempre se ha dicho que los libros de Mario son los libros de las secretarias, porque todas ellas, todas las vendedoras, las muchachas cuando comienzan a leer poesía, lo hacen con los libros de Benedetti. Y por eso desde siempre sus poemas se han vendido en afiches, marca libros; en cualquier parte está su poesía, que es como una poesía para vestir, para usar, una poesía de bolsillo.
Los poemas, para que lo sean y se anhelen, deben estar uncidos al pueblo. Allí germinan sobre el olvido, se alzan en solturas vivenciales, crean ataduras perennes y se esperancen sobra la luz recóndita del espíritu.
Lo expresó Mario Benedetti con otras palabras antes de despedirse de la existencia mundana y de los dolores de la carne macerada en días de matices grises en su Montevideo del alma: “La vida es un paréntesis entre dos nadas; hay que vivir como inmortales”.
Él, gracias a su prosa inacabable, se volvió imperecedero y tan eterno como el mar y el aire.

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