Opinión

Libros amigos

Rafael del Naranco | 21 de septiembre de 2014

Invariablemente hemos creído que los libros representan riquezas excelsas lanzadas al espíritu. Con sapiencia lo señaló Cicerón: “Las ciencias y las letras son el alimento de la juventud y el recreo de la vejez; ellas nos dan esplendor en la prosperidad y son un recurso y un consuelo en la desgracia; ellas forman las delicias del gabinete, sin causar en parte alguna estorbo ni embarazo”.
Entre mis libros preferidos –entre muchos– hay tres hacia los que siento especial afecto. Uno es de William Saroyan, otro de Marie de Rabutin Chantal –la conocida Marquesa de Sevigné– y el tercero de Marguerite Yourcenar.
Pero, ¿por qué precisamente ese triunvirato? Intentaré explicarlo.
En ‘Cartas desde la Rue Taitbout’, Saroyan, después de haber sido un fiero batallador de la vida, desea congratularse con los seres más cercanos a él, y así envía misivas a Dios, a un amigo armenio, a su padre y a todos aquellos que ayudaron de una forma u otra a forjar su carácter.
Cada pliego encierra una esperanza y un propósito, también sentimientos de gratitud impagable.
Sin las epístolas de la Marquesa de Sevigné, le sería difícil a los historiadores el estudio de aquella convulsionada época, pero lo más importante: sus lectores no tendríamos a la mano la radiografía de un tiempo en el que todo poder emanaba del absolutismo de una persona: el rey, y eso llevó a allanar el camino para que la monarquía fuese sometida en el Palacio de las Tullerías y su representante, Luis XVI, decapitado. A razón de ese acto de ecuanimidad, Montesquieu nos legó los valores de la división de poderes en el parlamentarismo moderno.
Entre esta terna, la obra por la cual siento una ardor admirable, son las apócrifas memorias del emperador Adriano, la esencia de un hombre en el pedestal del mando supremo. La autora de ‘Cuadernos del Norte’ nos legó unas páginas cuyo contenido nos obligó a enfrentarnos a la soledad del poder y encontrar en las acciones de esos seres excepcionales, la auténtica catadura moral de la raza humana en momentos excepcionales.
Somos barro mal cocido, y aún así recubiertos de un hálito divino.
Pienso que ahora –en estos tiempos tan convulsivos de la humanidad en los que el propia Papa Francisco ve signos apesadumbrados de le III Guerra Mundial– sería un tiempo portentoso para introducirnos en esas lecturas si conociéramos el innegable valor de leer, algo que, desgraciadamente, se ha ido perdiendo entre los recovecos de una existencia anodina, poco dada al intelecto, atada de forma esclavista a las falsas tecnologías –no ciencias púdicas– que nos impiden pensar o colocar la mirada en una página de algunos de los libros que suelen estar en algún rincón del hogar como una herencia cautivadora de nuestros padres o abuelos.

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