Opinión

Leche caliente de cabra

Rafael del Naranco | 15 de junio de 2015

Hemos llegado a la costera del Mediterráneo. Él o ella –el mar, la mar– mirándome con ojos de lluvia mientras canturreo en copla suelta sus olas humedecidas de algas y salitre.
Llevo uno de mis libros de ‘Patricia’ con el deseo de enterrarlo en la arena bajo los pinos de la Albufera. Era una promesa. Se lo había ofrendado a ella años atrás, cuando los cielos finalizaban en sus ojos enormemente azulinos.
Hace varios años, al caminar a nuestro lado con paso de gorrión sobre el bulevar caraqueño de Sabana Grande, nos hablaba de sus ansias de viajar, de no estar en un lugar más de una primavera. Tomaba mi mano y susurraba: “Si debo deshacer senderos, que sea contigo”.
La brisa del Caribe lo supo bien: No fue posible. Los años nos convirtieron en un ovillo de sensaciones divagadas. Quedamos como un roquedal, varados en la trocha.
Una tarde o noche, no lo recuerdo bien –las evocaciones se trasponen– se alejó al paso de la bruma y... hasta el instante de hoy. No volvió más. La cantata popular de los llanos venezolanos lo tenía predicho: “Una mujer que se va, ¡cuántas se han ido!”.
Al principio, alguna esquela; después, el silencio de la ausencia irremediable. Si ahora nos viéramos, seríamos el uno para el otro unos extraños. El tiempo es una losa pesada para levantarla cuando uno ha cruzado el epicentro de la existencia y, al bien decir del poeta de Orihuela: “Nos duele hasta el aliento”.
El amor y el odio deberían de tener un tiempo fijo, de lo contrario son una podredumbre pegada en la piel.
No deberíamos regresar dos veces al mismo lugar: nos referimos al terreno en el que hemos sembrado la cadencia del alma hoy cercenada. Hay una copla en la baja Andalucía reflejo de ese despecho: “Calle de no he de volver, / copla de vuelvo contigo. / No he tenido otro castigo / que no quererte querer”.
Toda la mañana estuve en la playa de Malvarrosa, paseando. Me suelo bañar muy poco o nada en el mar. Durante seis largos viví en la caribeña Isla de Margarita, y solamente dos veces, una en la Arestinga y otra en Juangriego, entré en el agua acalorado y salobre. Soy de secano, bruma lechosa, viento claro. El mar –la mar– nos agrada más verla de lejos, vagabundeando entre la arena fina y el malecón.
A ella le embelesaba la playa. Al no acompañarla, iba sola. Volvía al atardecer, la piel chispeando a cobre y la mirada salpicada de sandunga.
Ahora lo evoco y siento una quemazón recóndita.
La pasión no ha muerto del todo. A lo sumo se encubrió entre un plisado de las paletillas de su cuerpo amoroso y ahora se halla como niño chiquillo, bebiendo leche caliente de cabra en los pezones de sus pechos lascivos.
Tal vez eso exprese que la sangre en las venas aún escalda.

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