Opinión

Labrantíos de Soria

Rafael del Naranco | 23 de septiembre de 2013

Antonio Machado cantó al árbol desnudo sobre lo alto de un roquedal, hendido por el rayo y en su mitad podrido, “que con las lluvias de abril y el sol de mayo, algunas hojas mustias le han salido”.
Las estrofas fueron tejidas en Soria, ciudad recóndita de chopos erguidos y una orilla del río Duero en la que el poeta vivió momentos agridulces.
Era un olmo solitario cercano a la tumba en que reposan los restos de su joven esposa Leonor. El poeta de la Castilla se pasaba en aquel altozano de vista esplendorosa, tardes enteras musitando sus cuitas. En ese mismo lugar, creó una obra literaria universal y sintió la profunda amargura de la soledad, al perder su amor más fresco y lozano.
Y ahora, si el viajero trashumante, tras recorrer el Camino de San Saturio y sentir en la concatedral las negruras heladas de los templarios perdidos en el ‘Monte de las Ánimas’, acude ante las rejas del cementerio soriano, seguirá viendo, más añejo y retorcido, el tronco resquebrajado y abatido del poema perenne.
Un día lejano en el correr del tiempo –azulino, transparente, oliendo a heno–, bajo el muñón de corteza magullada, enterré, envuelto en papel de estraza dentro de un pequeño cofrecito de madera, un canto al árbol que unos meses antes, tras un viaje a las praderas sureñas de Estados Unidos, me había entregado en una reserva, un piel roja que lo había conservado entre sus pocas pertenencias, mucho antes de caer las primeras lluvias de su juventud.
Era una elegía tierna, un requiebro querendón ofrecido a la madre Naturaleza en una cuartilla sobada inviernos antes, tantos, que se habían ido los búfalos, secado las praderas y los antepasados confinados en reservas siguiendo los pasos del ganado realengo.
Las palabras, frescas como las recibimos, las depositamos en las manos y el corazón del lector: “Ni el frescor del aire ni el brillo del agua son nuestros. ¿Cómo podrían ser comprados? Tenéis que saber que cada trozo de esta tierra es sagrado para mi pueblo.
La hoja verde, la playa arenosa, la niebla en el bosque, el amanecer entre los árboles, los pardos insectos... son sagradas experiencias y memorias de mi raza. Los muertos del hombre blanco olvidan su tierra cuando comienzan el viaje a través de las estrellas. Nuestros muertos en cambio, nunca se alejan de la tierra, que es la madre. Somos una parte de ella y la flor perfumada, el ciervo, el caballo y el águila majestuosa son nuestros hermanos”.
Dios los bendiga.

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