Opinión

La sempiterna duda

Rafael del Naranco | 12 de febrero de 2018

En una monografía de antropología se dice que la mayoría de los creyentes, cualquiera sea su culto, tienen interiorizado un modelo extremadamente antropocéntrico de Dios. No solamente posee una figura humana, sino que utiliza los mismos procesos de percepción, razonamiento y motivación que las personas. 

En el pensamiento Pentecostés del medioevo, el alma era la tradición venida de la misma filosofía grecorromana. Ahora hay dudas, y se habla de qué en nuestra mente, ese concepto de ‘alma’, es una simple internación de células nerviosas, proyectadas en la parte posterior del córtex cerebral.  

Si fuera incuestionable la presunción de que el “espíritu” es una estricta reacción química, y aceptáramos que la promesa de una vida eterna ha sido una artimaña de las religiones, su encaje efervescente nos llevará a un yermo pavoroso: la humanidad no estaría sola, sino desamparada, desasistida de un soporte que la envolviera de una redondez consoladora. Y es que a partir de ahí el ‘homo erectus’, convertido en el ‘homo sapiens’, comenzaría a enfrentarse al instante perentorio de su inflexión moral, esas membranas que soportan miedos, frustraciones, y no habría ilusión en el linde del horizonte de la vida. ¿Escalofriante? Mucho más: vacío perenne. 

Moshéh ben Maimón –más conocido como Maimónides–, judío nacido en la Córdoba musulmana, exponía: “Sólo nos es dado discutir lo que Dios no es”. 

En cierto texto lejano nos acordamos de haber leído estas palabras: “El mundo material ha tenido un Curvier, la atmósfera de Newton. Todos conocen, pues, la atracción del mundo material, pero ¿dónde están los Curvier y los Newton del alma?”. 

José Saramago negaba abiertamente la existencia de un Creador y lo hacía sin altibajos. “No creo en Dios ni en la vida futura ni en el infierno, ni en el cielo, ni en nada”. Y añadía con penetrante reflexión: “Debo de decir que a mí me encantaría que existiera porque tendría todo más o menos explicado y, sobre todo, tendría a quién requerir cuentas por las mañanas. Pedirlas y también darlas. Pero no tengo a quién demandarlas”, añadía. 

Mi persona, espiga encorvada en el viento con profusas preguntas sin respuestas, ejerce con respeto a Dios a la manera de nuestra madre enterrada en el Cementerio de Ceares en el Gijón de mi nacencia. Ella cada noche le rezaba, y uno sigue el mismo sendero cristiano. Quizás no sea fe y sí afecto materno. A estas alturas de la supervivencia da lo mismo.

Entre su ternura y nuestra persona hay un cordón umbilical que nos adhiere más allá de la sepultura. Y ante esos oteros, apoyados en la misma fe del eremita, nos aferramos a la idea de que el espíritu es el reflejo del Universo en expansión con sus ondas gravitacionales, que tal vez no tuvo principio y que quizás no posea final.  

Uno desmenuza, ante la creencia o la duda de un dios, que lo difícil, al cruzar los surcos de la tierra, es saber la manera de sobrevivir.

Estamos ante un año más y ahora, a nuestra edad, sí que es innegable que nos hallamos más cerca de la esperada llamada de Dante Alighieri.

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