Opinión

Es tal el desbarajuste postrado sobre Europa debido al triunfo del ‘no’ en el referéndum griego del pasado 5 de julio, y considerables los análisis emergidos a partir de esa fecha en los medios de comunicación –ocuparían varios tomos de la enciclopedia Espasa– que para un alevín de las inflexiones políticas, sería mejor que las aguas turbulentas regresasen –si posible fuera– al encuentro de su desbaratado cauce. 
Cuando estas líneas las tenga el lector ante sus ojos, el problema de los griegos seguirá enredado en el polvorón de las hendiduras políticas. No se olvide que la política es el arte de cada nulidad, al ser perennemente un desafuero torpe y caótico. 
La Europa que comenzó en los cafés de Viena ya no es la misma tras el sufragio griego. Y es que el país de Jenofonte, tal como lo conocemos hoy, es la lluvia mezclada con otras muchas. Primero fuera jónico, más tarde dorio, y esas alianzas en el Peloponeso fueron las causas de la llegada de un Filipo de Macedonia con la toga de hilo zurcida a su retoño Alejandro en los brazos.
Sin darnos cuenta somos un poco griegos. Allí surgió la cualidad que hizo al hombre ecuménico: el diálogo. Sin él, la cultura occidental sería inconcebible.
Uno mira los promontorios de Grecia a sabiendas que parte de nuestra memoria humana se alza en esa tierra ocre, entre rocales, islas, ensenadas, alabastro y salitre.
El día en que Eurípides suplicó no derramar lágrimas nuevas sobre penas antiguas, destapó el frasco en el que se mezclaba la esperanza con unas gotas de agua de rosas, ese bálsamo que los pueblos de oriente dan a los enfermos del alma cuando el olvido y la lepra los envuelven.
Takis Varvitsiotis, poeta griego venido de Salónica, habla de hojas de romero manoseadas, del apego y el olvido, como competencia de los avatares de la subsistencia, una práctica del alma siempre difícil de poder ganar: “El libro cerrado, el violín dolorido, / o un ángel roto que vela”.
Los bucólicos versos, la estratagema, el ejercicio físico como culto a los dioses, el amor libre, la pasión hacia los efebos, se volvieron un sortilegio ineludible en los dramas escénicos bucólicos. 
Las comedias han finalizado. Se subió el telón. No está Medea aullando en su entorno desquiciado. Tampoco una Hécuba que comprenda tantas mezquindades. Sócrates se encierra en un psiquiátrico y allí terminará Alexis Tsipras. Recordemos: en los pueblos blancos de Grecia hay molinos de viento cuyas aspas exhalan gruñidos de gigantes. 
Habrá que conseguir otra nueva Penélope que teja de noche y deshile lo consumado al alba de cada día. 
Con la apesadumbrada salvedad de que ya no tendrá ni un desolado pretendiente que la pueda ayudar en su abatida yermo interior.
Acaso aparezca, montado en despellejado rocinante, Vladimir Putin, y con él, los ilusorios tesoro de los zares a los pies del Partenón. 
No hay perplejidad, no la podrá haber: los días que vendrán serán parte de esa irresistible tragedia que, desde la llegada de Esquilo, es el propio sopor de la vida en Grecia. Lo anunció Tucídides: “Lo que ha ocurrido es lo que volverá ocurrir”. 

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