Opinión

Conservaba los sueños prolongados que el propio tiempo le invitaba a sonreírse con la misma ternura de un niño travieso. Converso del cineasta portugués Manoel de Oliveira que en pleno comienzo de la primavera en Oporto, su urbe seducida, desertó de la orilla del Océano Atlántico de las mil aventuras, a los 106 años.
Durante décadas se mantuvo filmando películas admirables, mientras abandonó en un plató cinematográfico el vocablo ‘fin’ de su propia incombustible supervivencia.
En un muro escarchado de Oporto un incondicional devoto dejó un graffiti: “Oliveira era el ‘Carbono 14’ del cine portugués, europeo y mundial”.
Uno, si hubiera podido, gozaría garrapateando lo mismo con las dos manos anegadas de afecto.
Consumó largometrajes con actores magnánimos del talante de un Michel Picco, Irene Papas, Marcello Mastroiani, Bulle Ogier, Cathérine Deneuve, John Malkovich, sin dejar de lado ni el olvido –sería imposible– a sus compatriotas Ricardo Trépa, Leonor Silveira o Luis Miguel Cintra.
Todo esto, por si mismo, sería suficiente para hablar de la calidad, el genio, las tramas y las contradicciones de la fe que hay en cada ser humano.
Con alta frecuencia evangélica eran sus sermones paganos con amigos de la hogaza, cine, ‘vinho do Porto’, Ribeiro, Carbalho, Ferreira –el rey de los aguardientes– centollas y rosas: “Soy como Buñuel, otro creyente descreído. Sin el catolicismo no existirían las películas de ese hijo de Calanda”.
Tampoco las cintas de ‘El convento’ o ‘Aniki Bovó’, una historia neorrealista al mejor estilo de Vittorio De Sica en ‘El ladrón de bicicletas’, con la salvedad que el filme romano se filmó en 1948 y el de Manoel en Oporto y su río Duero seis años antes.
¿Quién admiró a quien?
Solamente una vez –viniendo de Celanova, Ourense–, intenté llegar a la amurallada ciudad de Valença con el deseo de ir a Oporto y de aquí a Viana de Castelo con la avidez de estar presente en un homenaje a Manoel de Oliveira. No fue posible debido a causas extrañas que aún hoy son confusas: La Guardia Civil en la frontera me imputó de contrabandista. En los hombros llevaba un morral, seiscientas pesetas, el pasaporte, una muda, dos libros –uno de cine–, un bolígrafo y papel de escribir. Años después hice el recorrido en un pequeño paquebote saliendo de Lisboa.
De la travesía tengo una sutura en un costado de la piel que bien pudiera haber salido de un guión de Manoel si él hubiera conocido la doliente aventura.
La cicatriz ya no se ve, el tiempo la hizo bruma, pero de aquella muchacha del añejo barrio de Alfama, donde los planos resultan inútiles para orientarse, me queda su sabor agridulce, sus ojos grandes, brunos, inundados de agua, cuando me esperaba en Lisboa para llevarme al norte, a Oporto, donde nos aguardaban, a ella el olvido, y a mí un seguir haciendo caminos cada vez más cortos.
Los enamorados de cine codician que su apego se vea, pero que su pasión no se comparta. ¿Dónde estará ahora Ana de Aveiro? En sueños su piel huele a ese licor de guindas llamado ‘grihinga’ que solíamos tomar, en el último grito de la noche lisboeta zigzagueando la Rua Cascais.
Sin duda en estos momentos, en algún lugar del planeta, perdurará un afiche anunciando una película de Manoel de Oliveira: Señal inequívoca de que continúa sentado con pasión en una butaca de un cinematógrafo.

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