Opinión

Hace días que intentamos leer y es imposible conseguirlo con calma. Abrimos un libro al azar, posamos los ojos sobre unas líneas, manoseamos sus páginas y volvemos a cerrarlo. Demasiadas evocaciones sobre los manojos de hierba creciendo libremente en las macetas del balcón… y sobre los afectos amorosos que se han ido.
De todo lo vivido –y quizás haya sido mucho– nos queda una brizna de escozor; las más, pesadumbres que el tiempo ayuda a disipar y solamente deja, nítidos y palpables, los momentos buenos. Nos acordamos más fácilmente de los instantes agradables que de los acongojados.
La ternura, igual al encono, debe tener su tiempo fijo; de lo contrario se hace granillo de reminiscencias; ahora, si pudiéramos escoger, nos quedaríamos con ella, aunque inmole los arrebatos del amor.
No deberíamos retornar dos veces al mismo sitio colmado de desgarros, al lugar en el que hemos sembrado la euritmia interior mientras una mano doliente –tal vez sin saberlo– la fragmentó.
¿En qué olvidada ciudad de lejano pasado un rostro de muchacha nos lanzó una sonrisa y, al hacerlo, cerró el balcón tras una hilera de altos tilos inundando la calle? ¿En Esmirna, cerca de la playa donde Homero imaginó a Ulises? Se hace imposible recordarlo.
Posiblemente sucedió en Capri, bajando el promontorio hacia la Torre de Tiberio, o doblando un muro de piedra en el Puerto de Marina Grande. Ahora –quizás a cuenta de los tiempos idos– no estamos convincentes. Todo es igual a espejos reflejando una acuarela inundada de un vaho convertido en desaliento.
Con los años, ya es más reconfortable guarnecerse en el balcón de la vereda, lugar de las congojas amortajadas y las dos tortugas inertes en un frasco de formol. En estas paredes color ocre, entre añejos libros, conocedores de nuestras cuitas, el poema de William Wordsworth se abre a un nidal de resonancias enclaustradas, dejándonos una sensación de afinidad recóndita y la certeza de haber sentido al compás macerado, los latidos del corazón.
“Aunque mis ojos ya no puedan ver ese puro destello, / que en mi juventud me deslumbraba; / aunque ya nada pueda devolver / la hora del esplendor en la hierba / de la gloria en las flores, / no debemos afligirnos. / La belleza siempre subsiste en el recuerdo”.
En el poema hay arcaicas melancolías y una enorme ilusión en las médulas del espíritu evocador.
Vivir es amar por encima de las tumbas, sobre los arados en flor, los árboles al viento, la sonrisa de un niño o la nostalgia hermosa de un tiempo mantenido perennemente en el recuerdo.
Igualmente escribir por encima de las pasiones más enraizadas en el alma.
Hoy hemos intentado hacerlo y el mismo Salmo nos lo perpetúa: la esencia de la existencia perdura en la sencillez de lo creado, y no hace faltar para ello hacerlo sobre las propias estrellas.
Aún así, no todo está perdido: esperemos que llegue el tiempo de la sementera.

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