Opinión

Elogio a la siesta

Rafael del Naranco | 09 de octubre de 2017

Somos durmientes de profesión, es decir, amantes de la siesta, ya que desde siempre hemos creído que ella es una de las acciones humanas más acordes con el descanso físico y espiritual. Camilo José Cela lo expresaba bien: “La siesta es el yoga ibérico”.
Nunca dudamos de la acción benefactora de la modorra al mediodía y la hemos practicado y lo seguimos haciendo con tesón y alevosía. A tal causa no nos sorprendió la revelación de unos científicos de la Universidad de Harvard (Estados Unidos de América), quienes aclararon que las ventajas de “echar una siesta” vitaliza el buen funcionamiento del organismo mientras potencia la memoria y el aprendizaje.
Tal aseveración para bendición de la cofradía de la cabezada, es el resultado de un estudio que siguió el comportamiento de las funciones del cerebro en un grupo de voluntarios dispuestos a dormir la siesta “en beneficio de la ciencia”.
Las conclusiones en el cual se comparan las capacidades en la memoria y el aprendizaje de dos grupos de personas, demostró que dormir unos 90 minutos cada día es beneficioso: uno se levantó más lozano y vital, mientras que el otro equipo, al que se le impidió la modorra, demostró menor capacidad para recordar sucesos cotidianos ocurridos durante la jornada.
Ya lo había dicho el físico Albert Einstein: “Las siestas son recomendables para refrescar la mente y ser más creativos”.
Nosotros, fieles catecúmenos del descanso en los primeros intervalos de la tarde, cuando todo parece amodorrarse, recordaremos que esa invención renovadora entre la hora nona y las vísperas, es decir, de 2:00 a 4:30 de la tarde, viene de las sagradas reglas de San Benito dentro de la vida monástica, cuando al mediodía los monjes de cada monasterio dejaban de trabajar, comían los frutos del campo afanados con sus manos, y se retiraban a sus celdas a meditar entre el dulce sopor de un sueño renovador.
La siesta ha sido ensalzada, cantada, admirada y reconocida en todo el orbe civilizado.
Andrés Trapiello, escritor, apuntó: “Qué maravillosas son las siestas del verano extremeño. Afuera atronan las cigarras con su chatarra destemplada. Dentro alguna piadosa carcoma nos recuerda la fragilidad del tiempo y de la vida. En algún rincón sombrío la araña común teje en su idioma la vida retirada. No se oye a los niños. Los demás dormitan en los sofás, en los dormitorios con las puertas entornadas. Reina un silencio de infancia”. “Soy capaz de dormir como un insecto en un barril de morfina a la luz del día”, señaló el inventor Thomas Edison.
Winston Churchill, fue más claro y es nuestro norte a la hora del descanso vespertino: “Hay que dormir en algún momento entre el almuerzo y la cena, y hay que hacerlo a pierna suelta: quitándose la ropa y tumbándose en la cama. Es lo que yo siempre hago. Es de ingenuos pensar que porque uno duerme durante el día trabaja menos. Después de la siesta, se rinde mucho más. Es como disfrutar de dos días en uno, o al menos de un día y medio”.
A tal fin, necesario sería crear la Hermandad de la Buena Siesta, colocarla en el venerable lugar que le corresponde, pedir al Padre Santo de Roma su benefactora consagración y nombrarla, con los honores apropiados, patrona de las dulces somnolencias del alma humana.

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