Opinión

Es indudable que la pérdida –entre socialistas y populares– de cinco millones de votos, es un trancazo, es colosal. Ahora bien, sin hacer un análisis cuando todos los partidos políticos involucrados están haciendo ejercicios, unos de mea culpa y otros de regocijo fiestero, conviene decir a las claras que la política no es azul, ni verde, cuadrada o redonda, ni roja ni negra, es un desmadre acojonante en el buen platicar del castellano quijotesco.
En medio de ese varapalo bien está recordar la frase de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, en su única obra de nombre ‘El Gatopardo’: “Que todo cambie para que todo sigua igual”. Al tiempo.
El nuevo cabecilla o imagen de estos comicios, Pablo Iglesias Turrión, ya ha dicho con regocijo: “Nuestro objetivo es echar del poder al PP y al PSOE”. ¿Y después? Tal vez un Socialismo del siglo XXI.
Apenas brincaron los resultados de las elecciones, el profesor de la coleta, tele predicador de izquierdas y chavista de vocación, adelantó al diario ‘El País’ que trabajará para presentar una candidatura a las próximas generales.
Tiene derecho: ancha es Castilla.
Hugo Chávez Frías comenzó así. Hoy Venezuela es la nación, en lo económico político y social, más hundida del planeta.
¿Exageración? Para nada. En política suelen verse de muy lejos a los palomos venir.
Individualmente mantengo un sentido de Europa; creo en ella como unidad compacta, y en esta ocasión no será menos, y así, igual a los antiguos errabundos de los caminos del occidente, andamos en las encrucijadas buscando sus viejas entelequias y revueltas metáforas.
En estos instantes convendría leer el librito ‘La idea de Europa’, de George Steiner. Un puñado de páginas arropadas bajo el prólogo de Mario Vargas Llosa y una introducción de Rob Riemen dentro de la égida de Thomas Mann, el hombre que mejor supo vislumbrar el sentido europeo.
Nos recuerda Riemen, el organizador de las Conferencias de ‘Nexos Institute’, como en 1934 el autor de ‘La montaña mágica’ tuvo que escribir una necrológica para un hombre que había ocupado un espacio importante en su vida: Sammi Fischer, su editor húngaro-judío de Berlín, la persona que, en gran medida, “había hecho posible que él llegase a ser escritor”. Mann recordaba la siguiente conversación que había tenido lugar la última vez que vio al anciano amigo. El librero expresó su opinión sobre un conocido común: -No es europeo, dijo meneando la cabeza.
-¿No es europeo, señor Fischer? ¿Y por qué no?
-No comprende nada de las grandes ideas humanas.
Y recalca Rob: “Las grandes ideas humanas. Eso es la cultura europea. Eso es lo que Mann había aprendido de Goethe”. Y éste de Ulrico von Hutten, cuando un día exacto, el 25 de octubre de 1518, escribió una carta a un colega en la cual le explicaba que, aunque era de noble cuna, no deseaba ser un aristócrata sin habérselo ganado. “La nobleza por nacimiento es puramente accidental y, por tanto, carece de sentido para mí. Yo busco el manantial de la nobleza en otro lugar y bebo de esas fuentes”.
Y en ese instante nació la verdadera hidalguía, la del espíritu, esa que brota del cultivo de la mente y llegar a ser algo más de lo que también somos: animales.
En el pensamiento de Steiner, y lo resume Vargas Llosa en su introito, Europa es ante todo un café repleto de gente y palabras, “donde se escribe poesía, conspira, filosofa” sin separarse de las grandes empresas culturales, artísticas y políticas de Occidente.
Esto –expresa Vargas Llosa el peruano– es inconcebible en su América, al descender aquella directamente de la idea de Atenas y Jerusalén, es decir, viene “de la razón, la fe y la tradición”.
Hoy Europa, o esa idea aún no bien encajada que poseemos de ella –y las recientes elecciones nos lo demuestran– comienza a agrietarse al darle la espalda a su esencia primogénita: el humanismo.

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