Opinión

Cataluña

Rafael del Naranco | 06 de octubre de 2014

Todo está consumado… en los papeles y en la Constitución de España. Mientras los cónsules de Barcelona han decidido por gran mayoría de que el 9 de noviembre se hará la consulta que abre una inmensa brecha en el sueño de la independencia de país, el Tribunal Constitucional en pleno suspende esa acción sin sentido. Ya lo ha dicho muy claramente el presidente Mariano Rajoy Brey –y lo viene repitiendo desde hace meses–: Artur Mas i Gacarró no podrá, pese a todo lo que intente hacer “fuera de los parámetros de la ley” votada mayoritariamente por todos y cada uno de los españoles. La política es un juego más complicado que el ajedrez, pero se juega usando el sentido de la brisca, ese juego tan de pueblo donde el sentido común, la picardía y muchos años moviendo barajas enseña la forma de no dejarse engañar. En eso estamos ahora, con la salvedad de que ese movimiento de sotas, caballos, espadas y bastos se está haciendo sobre toda la piel de toro.
Alguien lo dijo en tiempos de María Castañas. El nacionalismo pierde todos sus valores cuando la persona ofuscada en esa acción con poco sentido y nada de lógica, viaja por el mundo. No es nada nuevo, pero el andar por los caminos, mares y trochas de la tierra, enseña mucho.
Sobre la independencia de Cataluña se viene hablando largo y tendido. Hace, por citar poco, tres siglos. En medio hubo golpes, asesinatos, peleas, falsas historias hipócritas, engaños y un abundante odio hacia todo lo español.
En los últimos años, desde la llegada de una democracia tuerta la mayoría de las veces, el gobierno central de España –el sentido de los curules en Madrid– ha sido opaco, ciego y un poco lelo. No ha sabido poner las cosas en su sitio, y eso viene de Felipe González Márquez, José María Aznar López, José Luis Rodríguez Zapatero y ahora mismo Mariano Rajoy Brey. Los gobernantes no tenían que hacer mucho: simplemente hacer cumplir la Carta Magna que todo el país, bajo la cobija de los diversos partidos representados en las Cortes, avaló con mayoría absoluta.
Ahora el caballo se sentó sobre el jinete, y así van la cosas. Mejor dicho, no van.
De aquí al 9 de noviembre pueden suceder muchas cosas, ya que ahora mismo los catalanes se han lanzado a las calles y están dispuestos a todo, o casi todo, lo cual pasa, en primer lugar, por conseguir la independencia de España.
Mucho se ha escrito, empapelado, y más se va hacer. Esto –con perdón– se está convirtiendo en la de Dios es Cristo. Vuelve la tierra carpetovetónica de charanga y pandereta, fuelle y tambor, fiesta del fuego y del agua, petardos por doquier. Algunas o muchas bombas de papel y cartón piedra, todo regado con un ¡Viva la madre que nos parió!, que a estas alturas del desmadre más parece todo un acto sacramental pintado por Salvador Dalí cuando estaba escondido en un huevo, cantado años atrás, muchos, por un tal José Vicenc Fois o, más cerca, las expresiones de Josep Pla en Cadaqués. Lo importante es que exista un madre patria a todo tren.
Hay estudios, análisis, tesis, congresos, reuniones secretas y casi masónicas, ruegos a la Moreneta y peregrinajes por doquier. Todo parece una guerra santa o santa guerra. Van a haber escapularios, rosarios de la aurora, cantos a María y hasta botafumeiros lanzados desde Monserrat.
Quedan dos meses por delante o ninguno. Lo que suceda en las próximas dos semanas será de órdago y padre y señor nuestro. Esperemos y recuerden: nunca la noche es más oscura que al amanecer.

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