Opinión

Nos han pedido de que hablemos sobre lo sucedido en Cataluña el 9 de noviembre pasado. Lo que ocurrió todos lo sabemos hasta la saciedad. No se habla de otra cosa, y además la situación no quedará ahí encerrada: ahora es cuando ERC (Esquerra Republicana de Catalunya) y CUP (Candidatura d’Unitat Popular) le piden con más fuerza al señor Artur Mas i Gabarró que rompa con España. Hacer pedazos la península ibérica y volver a armar, como tantas veces en esta España nuestra de charanga y pandereta, la de Dios es Cristo.
Por tal causa, amigo lector, permítame que hable de poesía, de la perenne alma humana hispana siempre tan doliente y de lo que no se salva ni la propia Cataluña. En esto los propios catalanes no se libran, somos un mismo pedazo de tierra unido por los surcos de la tierra y los versos.
Estamos en esa edad de los silencios recónditos y la lectura pausada. De la saturada estantería en la que se han ido amontonando libros de toda una vida, tomamos uno manoseado, una recopilación de ocho autores a quienes el azar y las circunstancias los convirtieron en “compañeros de viaje”.
Son Ángel González Muñiz, José Manuel Caballero Bonald, Carlos Barral i Agesta, José Agustín Goytisolo Gay, Jaime Gil de Biedma i Alba, José Ángel Valente, Francisco Brines Bañó y Claudio Rodríguez García, la promoción poética de los años 50 en una España de sueños grises en uno días sin excusa.
“Si tuviésemos la fuerza suficiente para apretar como es debido un trozo de madera, / sólo nos quedaría entre las manos un poco de tierra. /Y si tuviésemos más fuerza todavía para presionar con toda la dureza esa tierra, sólo nos quedaría entre las manos un poco de agua. / Y si fuese posible aún oprimir el agua, / ya no nos quedaría entre las manos / nada”.
En ese vaivén de ensueños, quien más se nos acercó fue el barcelonés José Agustín Goytisolo Gay. En un poema titulado ‘Autobiografía’, cordón umbilical para los ilusos sin sueños de la posguerra, el poeta hizo el retrato al carbón de nuestras atormentadas penurias, y todos, sin excepción, hasta los incrédulos de la palabra, lloramos alguna vez sobre esas estrofas.
El escritor comenzó a sentir que su vida se volvía una veleta. Un día cargado de tintes opacos se fue en peregrinaje a la tumba de Antonio Machado Ruiz en el cementerio de Colliure. Cara al rostro de piedra del poeta de Castilla le dijo: “Yo no he venido para llorar sobre tu muerte, sino que alzo mi vaso y brindo por tu claro camino y porque siga tu palabra encendida”.
En alguna parte del camposanto, entre los cipreses erguidos, los frutos plumosos de la clemátide y el jugoso saúco, sus amigos Alfonso Costafreda y Gabriel Ferrater i Soler, y su admirado Cesare Pavese, lo observaban con asombrada cadencia.
Había nacido en Cataluña en 1928 de una familia vasco-cubana, su infancia quedó marcada por la muerte de su madre en la Gran Vía madrileña durante un bombardeo de la aviación franquista.
“Dicen que soy raro. ¿Cómo quieren que sea?”, comentaba el poeta, que vivió el trágico episodio con sólo diez años. Su madre se llamaba Julia y su nombre quedó proscrito, envuelto en honda soledad, hasta que José Agustín lo recuperó cuando nació su hija. A ella le dedicó el poema ‘Palabras para Julia’ que el cantautor Francisco ‘Paco’ Ibáñez Goristidi popularizó.
“Tú no puedes volver atrás / porque la vida ya te empuja / como un aullido interminable. / Hija mía, es mejor vivir / con la alegría de los hombres / que llorar ante el muro ciego”.
Colocamos nuevamente a los ocho poetas en el alambique de las palabras a fermentar bajo el tiempo ineludible. Dentro de un milenio serán vino añejo de buen bouquet.
Bien, amigo lector, hablamos de Cataluña usando los poemas que unen a los seres humanos. No los separan.

Más acciones:

Crónicas de la Emigración en la red

Boletín de noticias

Si quiere recibir información actualizada de Crónicas de la Emigración, envíenos su correo electrónico.
Suscribirse al boletín

Hemeroteca