Opinión

Calendas mediterráneas

Rafael del Naranco | 22 de mayo de 2017

El país helénico, tal como lo conocemos hoy, es la lluvia del pensamiento mezclada con muchas otras. No importa si primero fuera jónico, después de los dorios, ya que aquellas alianzas en el Peloponeso fueron las causantes al final de la llegada de un Filipo II de Macedonia unido a su hijo Alejandro Magno, al que todos de alguna forma hemos venerado.
Cada uno de nosotros somos un poco griegos y amamantamos la esencia de esa raza. Allí nació una de las cualidades que hizo al hombre universal: el diálogo. Es decir, el pensamiento compartido.
Jorge Luis Borges cuenta cómo unos seiscientos años antes de la era cristiana se dio en la Magna Grecia la mejor historia posible: el descubrimiento del diálogo.
“La fe, los dogmas, los anatemas, las plegarias, las prohibiciones, las órdenes, las tiranías, las guerras y las glorias abrumaban el orden; algunos griegos contrajeron, la singular costumbre de conversar. Dudaron, persuadieron, disintieron, cambiaron de opinión, aplazaron. Acaso los ayudó su mitología, que era, como el Shinto, un conjunto de fábulas imprecisas y de cosmogonías variables. Esas dispersas conjeturas fueron la primera raíz de lo que llamamos hoy, no sin pompa, metafísica”. Y finaliza recordándonos: “Sin esos pocos griegos conversadores, la cultura occidental es inconcebible”.
Esa tal vez sea la causa de que miremos a Grecia con respeto al estar parte de nuestra memoria allí, entre los pliegues de sus sinuosas ondulaciones filosóficas. 
De esa Grecia actual nos envuelve la brisa trasparente y las costas de Creta, brumosas en la lejanía camino de Chipre. Allí, en fecha lejana, acudimos a sembrar pinos negros y a bañarnos en aceite de oliva. Era el tiempo juvenil en que intentábamos que los dioses nos fueran propicios.
Fue una ceremonia dulzona y pagana igual aquella otra recreada por Curzio Malaparte en la Torre del Greco en la costa de Nápoles, pero más pura. En lugar de efebos pariendo a la pálida luz de la luna, había mujeres con pechos igual a cántaros de leche y pasión carnal lujuriosa.
De aquella ceremonia esotérica y terrible salimos decididos a enfrentarnos cruelmente a los sopores amargos de la vida. Fue una lucha malgastada antes de comenzarla. 
Con el mar Egeo en una parte, el Mediterráneo en otra, uno contempla como al cambiar la luz del día, también lo hace Creta, y así, tras un blanco translúcido, viene un manto de sombras, ahora rojas, ahora grises. Aquel anochecer el viento era suave y preñado de nostalgia. La diosa Afrodita nos abría los placeres de sus encantos y con ellos el sexo y la lujuria. 
Las cercanas rocas de mármol nos llamaban, pero igual a Ulises, nos hicimos sordos dolientes.
En una de sus calendas el siciliano Gesualdo Bufalino dice: “Es curioso cómo el tiempo finge correr... y por el contrario está parado”.
Hoy nos hemos dado cuenta: ese transitar sin descanso es la vida evaporándose.

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