Opinión

No he venido en los primeros días de febrero al Principado de Asturias para escuchar el resoplido del viento ni a contemplar la quietud del mar Cantábrico cabreado y embravecido, ni tan siquiera a pasear entre los andurriales de mi niñez en el barrio de El Llano del Medio en ese Gijón de mi infancia abatida.

Solamente acudí, subiendo la calle Eulalia Álvarez hacia el empinado cementerio de Ceares –llamado también, aunque menos, El Sucu– al encuentro de madre, y una vez allí, volver a palpar sus cicatrices impregnadas de alejamientos inexcusables sobre su elevado nicho empotrado en un muro rasgado.

De ella aún me envuelve su pelo bruno y la comisura de un rostro limpio donde dos ojos color ámbar resaltaban su redondez. En ellos contemplaba mis perpetuas turbaciones y las hacia suyas.

-¿Sigues bien, mi pequeño? 

-Estoy fatigoso, madre, y aun así sereno conmigo mismo. 

-Sigues en Venezuela.

-El país se volvió un apesadumbrado temporal y está herido en lo más profundo de sus extrañas. Iré al encuentro de otras tierras.  

-Te contemplo abatido, niño mío. Eso me dice que ya no regresarás a mi catacumba. Te estoy perdiendo y me alegro por ti. Ha sido un error mantener el cordón umbilical atado a mi hipogeo. Aléjate sereno, sin pesadumbre; desearía poder dormir los últimos años rumiando mis propias evocaciones. Estoy segura de que la próxima vez, los dos ya seremos polvo de estrellas.

-Regresaré.

-Vete ya. La niebla baja con prisa y no es bueno que te encuentre hablando conmigo. Es una de mis mejores compañías y siente celos de hasta del viento y el alba. Llévate también las flores que has traído; si vivo en ti no estaré olvidada.

Besé su rostro de nácar y partí con la sensación de estar cerrando un capítulo de mi existencia, el de las tiernas sensaciones, los caminos en flor entre cerezos, robles y frondosos abedules.

Por estos andurriales de la posguerra civil española recorreré rincones de la heredad donde he vivido años cubiertos de incertidumbres y desalientos.

Contemplé aquel paisaje de salpicados colores como si esa tapia escarchada fuera un grito nacido en la juventud lejana, desterrada y arisca.   

Posiblemente estas letras mohínas envueltas en pesadumbres sean un ahogo de vieja existencia intentando salir de nuevo a nuestro encuentro sin la misma pasión magnánima de antaño.

Es repetitivo y aún así certero: Uno ya no es joven ni viejo, simplemente vive los últimos sorbos de la vida con la certeza de estar cada día más cercano hipogeo en la que reposa madre. 

Sin duda para andar y ver hay en aquel cementerio gijonés un inmenso paisaje, rociados colores, como si ese muro en la que una pareja de gorriones hacen saltitos, fuera un mural de protesta o un grito nacido en la juventud lejana, desterrada y desabrida.   

Al final todo representa el colofón de una existencia saliendo de nuevo a nuestro encuentro sin la misma pasión de antaño. 

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