Opinión

Hace unas semanas, caminando por Praga, nos enfrentamos, más que a unos acontecimientos que representaron la historia brutal y sangrante en las dos últimas guerras mundiales, a las palabras de Milan Kundera en ‘La insoportable levedad del ser’.
Tiempo después, con esas páginas contrariadas, estábamos sobre un avión que había despegado de Chipre.
La aeronave sobrevoló los acantilados del sector turco y emprendió, como si cruzara un sembradío de promontorios verdes y azules, las pequeñas y grandes islas que forman Grecia. El destino era Roma.
En las alforjas ‘El camino de los griegos’, un ensayo ya clásico de la alemana Edith Hamilton, cuya publicación, en 1930, recibió la enemistad de los historiadores helénicos y que hoy es un esplendoroso tratado de los fundamentos de nuestra propia cultura occidental. Igualmente llevaba un pequeño ramo de albahaca –la planta sagrada– obtenido en el aeropuerto de Larnaca.
Equipaje suficiente como soporte de los vaivenes del espíritu.
Gracia es sangre mezclada, madre insondable de los valores humanitarios. 
Aquellas alianzas en el Peloponeso eran los tiempos en que en Grecia lo divino estaba vivo. Zeus, Dionisio, Apolo, Hera, Afrodita y tantos más, fueron grandes a razón de haber sido antes profundamente seres humanos. 
Todos somos un poco helénicos y lactamos la esencia de esa raza. Borges, el ciego de Rivadavia, lo dijo sin titubeos: “Los griegos contrajeron, nunca sabremos cómo, la singular costumbre de conversar. Dudaron, persuadieron, disintieron, cambiaron de opinión, aplazaron. Acaso los ayudó su mitología, que era, como el Shinto, un conjunto de fábulas imprecisas y de cosmogonías variables. Esas dispersas conjeturas fueron la primera raíz de lo que llamamos hoy, no sin pompa, metafísica”.
Ahora sabemos que sin esos conversadores, la cultura occidental hubiera sido inconcebible.
Lo mismo sucedería con las palabras huecas y estériles antes de la entrega carnal con las diosas paganas que, en noche de lujuria, nos hicieron febriles entre los abrazos del amor lujurioso.
En Roma la fogosidad se hizo bacanal, paradisíaca en los frisos de piedra, no en las vías, corsos y calles con nombres de cesares y papas impenitentes.
Aquel tiempo se hizo exacerbación mientras el actual nos lo recordó Yeats: “Las cosas se desmoronan, ceden los cimientos, la anarquía se desata sobre el mundo”. 
Si hoy observamos el salvajismo del Estado Islámico en Siria surgido de las cavernas, su crueldad mística y un odio a la civilización en los poemas de ‘La segunda venida’ de Yeats, más un libro editado ahora y escrito hace un siglo por Robert Hugh Benson, hijo del primado de la Iglesia anglicana y arzobispo de Canterbury, llamado ‘Señor del mundo’, veremos que nos hallamos ante una pasmosa actualidad que nos va acercando a una apocalíptica profecía.
Una súplica al lector o lectora: “No selles las palabras de la profecía de este libro, porque el tiempo está cerca”. 

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