Opinión

El aullar del viento

Rafael del Naranco | 06 de abril de 2015

La localidad alicantina de Orihuela huele a jazmines, acacias y un fuerte perfume de azahar. Tiene un río sin espuma entre viviendas de mampostería, esparcidas higueras, almendros moteados de blanco, y trigales al viento que en esta hora de la mañana corretea entre olivos humedecidos de lluvia reciente.
El viajero –a pesar del mal tiempo que no parece primaveral– tenía una cita pautada hace más de 30 años con Miguel Hernández. Lo había leído a salto de mata, al tener entonces la certeza de que sus estrofas eran ecos de los grandes poetas de la generación del 27, esos que empapar nuestras carnes de pujanza transmontana.
Y Miguel, el cabrero, analfabeta incipiente, hacía una poesía terrosa y brutal, con palabras arrancadas al ulular de viento en los peñascos, convirtiendo en llameantes bramidos los quejidos de sus entrañas.
Deseaba ver su humilde vivienda, comprender la vida de un campesino que apenas habiendo aprendido las primeras letras y poco más, nos pudo transferir parte de la mejor poesía española del siglo XX.
En la morada, de teja árabe a tres aguas, puertas y ventanas en ocre oscuro y paredes claras, de una sola planta unida al cobertizo de las cabras y los aparejos usados en campo, vivió el poeta oriolano con sus padres y hermanos, hasta que en un segundo intento de ir a Madrid a dar a conocer sus primeros versos barrocos de tendencia garcilasiana, más un corto regreso que le uniría con Josefina Manresa, su novia, no retornaría nunca más.
Habiendo tomado parte activa en la Guerra Civil leyendo sus poemas en las trincheras, apenas acabada la contienda es detenido y condenado a muerte, sentencia que es conmutada a treinta años de cárcel. Imposible de cumplir: una tuberculosis concluyó con su vida en 1942. Tenía 32 años.
En cortas líneas poco o nada se puede decir del autor de ‘Las nanas de la cebolla’, y aún así, recordarlo, sería un afectuoso homenaje.
Las nanas nacieron en una celda humillante tras unas letras turbadoras a su esposa: “Estos días me los he pasado cavilando sobre tu situación. El olor de la cebolla que comes me llega hasta aquí y mi niño se sentirá indignado de mamar y sacar zumo de cebolla en lugar de leche. Para que le consueles te mando estas coplillas que le he hecho”.
¿Quién no recuerda esas estrofas de la mejor lírica posible?: “En la cuna del hambre / mi niño estaba. / Con sangre de cebolla / se amamantaba. / Pero tu sangre, / escarchaba de azúcar, / cebolla y hambre”.
Juan Ramón Jiménez leyó ‘Perito en lunas’, los primeros versos neogongorinos del juglar. De ellos diría: “Que no se pierdan… esta voz, este acento, este aliento joven de España”.
Y Pablo Neruda, que conoció a Miguel Hernández siendo terrón duro, fue profético: “Pocos poetas tan generosos y luminosos como el muchachón de Orihuela, cuya estatua se levantará algún día entre los azahares de su dormida tierra”.
No deja de lloviznar. La primavera ha venido y hasta estos instantes nadie sabe donde se halla. Vendrá, no hay dura de ello, y cuando eso suceda, los campos de Orihuela serán un paño de verdes y ocres.

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