Opinión

Ateísmo a mano

Rafael del Naranco | 14 de julio de 2014

Siempre hemos creído que el ser humano está construido de barro y soplo divino, pero José Saramago, autor premio Nobel portugués desparecido aún no hace mucho y ya casi olvidado, y, a pesar de eso, escritor como la copa de un pino de Formentera, siempre afirmó hasta su muerte de que era ateo.
De eso hemos hablado en otros momentos. No es que nuestra creencia en Dios mueva montañas, ni siquiera levanta una brizna de polvo, pero al estar cincelada en la razón y saber por Miguel de Unamuno que ésta y la fe son dos enemigos que no pueden sostenerse el uno sin el otro, vamos peleando con nosotros mismos mientras mantenemos la esperanza.
Uno de sus artículos demoledores que recuerdo bien, uno de esos artículos demoledores y con tal convicción y lógica, que es fácil, después de leerlo, lanzar a Dios y toda su parafernalia por el desagüe de la cañería del baño. Pero, tras el primer impacto uno sabe –por la única razón de haber vivido lo suficiente para ver la luz del sol y la oscuridad de la noche– que los mismos argumentos para dudar de Dios, sirven como soporte –y viceversa– para proclamar su existencia.
José Saramago hace hincapié, como si estuviera frente a una fotografía, en los lugares donde el ser humano se vuelve bestia rabiosa y cruel, hasta topar con el integrismo islámico en Siria, Irak, Palestina o en medio del África musulmán.
Para el autor de ‘El Evangelio según Jesucristo’ una de ellas, la más criminal, la más absurda, la que más ofende a la simple razón, es aquella que, desde el principio de los tiempos y de las civilizaciones, manda matar en nombre de Dios.
“Ya se ha dicho que las religiones, todas ellas, sin excepción, nunca han servido para aproximar y congraciar a los hombres; que, por el contrario, han sido y siguen siendo causa de sufrimientos inenarrables, de matanzas, de monstruosas violencias físicas y espirituales que constituyen uno de los más tenebrosos capítulos de la miserable historia humana (...) Dice Nietzsche que todo estaría permitido si Dios no existiese, y yo respondo que precisamente por causa y en nombre de Dios es por lo que se ha permitido y justificado todo, principalmente lo peor, principalmente lo más horrendo y cruel”.
Cuenta el Talmud: “Dios hace sufrir a los que ama”, pero admitir eso –y coincido con Saramago– sería herir nuestra inteligencia. Prefiero por tanto regresar a la fe de mi madre y exclamar como ella: “Hijo mío, si suprimiéramos a Dios habría llegado la noche al alma humana”.
Lutero, construido todo él de dudas, señaló: “Sabemos, por experiencia, que Dios no se mezcla de modo alguno en esta vida humana”.
Parece difícil de entender, pero sin esa actitud sería nulo el libre albedrío del hombre.

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