Opinión

Mi amigo Magroll El Gaviero

Rafael del Naranco | 28 de enero de 2019

Al no saber improvisar, cada historia escrita en mis cuartillas es un suceso vivido durante años en el Mar Caribe, en donde escuché las historias y leyendas de Simbad el Marino –navegante de siete mares–  en boca de Magroll el Gaviero, creado a su imagen y semejanza por Álvaro Mutis.

En una pulpería de Cartagena de Indias (Colombia), recién desembarcados de la Isla de Aruba, Magroll anunció sorbiendo un ron color azúcar requemada: “El siglo que me hubiera gustado vivir es el XVIII, con toda su carga de cinismo, de libertinaje, de elegancia, de bien escribir... Esta época de ahora es exactamente la época en la que no hubiera querido vivir jamás, y me duele que la vivan mis hijos, y me da mucho coraje por mis nietos”. 

Hablaba con la hipocondría del marino padeciendo fiebre de heno. 

Dos días en tierra firme y una tarde tumbado en la pensión ‘El pirata piraña’ releyendo la biografía caribeña de Germán Arciniegas, se le pasaría la borrasca y volvería a hacer planes para ir en busca de El Dorado. 

Él bien sabía que el mar de los caribes no es solamente una idea inundada de mitos, sino una alucinación ineludible.

Con Magroll El Gaviero, mi persona –marino de tierra firme en el Gijón de mi infancia– puede recorrer en su buque las costas margariteñas, los océanos recónditos hasta amarrar en los malecones de puertos exóticos, con besos fogosos de mujeres esperando en el bar de la bahía, y el sabor empalagoso del vino macerado en cráteras griegas.

Concurrió un tiempo en que regresamos a puerto tras subir Cabo de Hornos a Comodoro Rivadavia, Mar de Plata y, tras mucho bordear, entramos en Recife. 

Ablución de agua clara, chinchorros, juego de barajas, vino y peleas de gallos. Dos semanas no más y salida hacia la isla de George Town, en mitad del Océano Atlántico Sur. 

El archipiélago ara una balsa platinada, y una vez en Monrovia, capital de Liberia, el desplazamiento se hizo aplacible entre la costa africana buscando el norte, al encuentro del Estrecho de Gibraltar. 

Esas aguas donde Hércules levantó columnas, y Constantino Cavafis, Lawrence Durrell, James Joyce, Paúl Bowles o Naguib Mahfuz tañeron sonidos y desnudaron sus propios espectros, nos recibieron sin sermones.

Lo sabíamos bien: El mar de la filosofía y el trigo estaba quieto. Sobre esas bocanadas saladas vinieron a sus playas de arena blanca, civilizaciones envueltas en cántaros de miel, poesía épica, melodías de Cartago y de Creta, mientras los bardos de Capri sembraban de azafrán los labrantíos de Trípoli y Alejandría.

Tiempo atrás solíamos venir a sentarnos a estas orillas. Éramos jóvenes, divagábamos y tocábamos la luz con nuestras propias manos para hacer luciérnagas. Media esperanza se entretejió entre las ramas de sus pinares.  

Mutis nunca presentó a Magroll como su alter ego. Yo no puedo zafarme. Si así hiciera no sería nadie. Un sujeto, destartalada fachada necesita siempre un personaje de libro para ayudarle a coexistir. Eso le agradezco a Magroll el Gaviero.

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