Opinión

Amados libros

Rafael del Naranco | 23 de abril de 2018

Con el ir de los años y un poco más de sosiego sobre la propia vida, leemos libros como si intentáramos recuperar el tiempo perdido.

Si bien no recordamos haber dejado de avizorar un libro comenzando en la infancia, es ahora cuando conscientemente nos vamos dando cuenta de lo poco sabido. La clásica frase de Sócrates: “Solo sé que no sé nada; pero procuro saber un poco más”, tiene en nosotros una realidad certera.

En una noche cercana –poseemos dos bellas ediciones de la Colección Austral– volvimos a introducirnos en las hojas de ‘La vida de las termes’, ese sorprendente tomo –pasmoso por su actualidad aun habiendo sido escrito a principios del siglo pasado– cuyo autor es Mauricio Maeterlinck, el creador de la obra –obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1911– ‘L’Oiseau Bleu’ (El pájaro azul).

Del escritor belga nacido en Gante, ya conocíamos en esa misma estructura ‘La vida de las hormigas’ y ‘La vida de las abejas’, trabajos de una naturalidad admirable, comparable a la de cualquier experimentado entomólogo.

Boot de Condillac, filósofo francés, creador de la escuela sensualista, decía que “el secreto del escritor está en saber comprender la armonía”.

Y en eso pensamos repasando al poco conocido autor ruso Tchinguiz Aitmatov. 

Cuando el invierno era inclemente en las heladas tierras de los kirguises –el grupo de los turcos mongoles dedicados a la vida pastoril en la Kirguizia– escribió un texto corto llamado ‘Yamilia’, comparable a nuestro parecer con ‘El prado de Bezhin’ o ‘Kasian, el de las tierras bellas’, refulgentes cuentos de Iván Turguéniev.

La obra es la lucha de un amor, una familia y una tierra. Asimismo, un poco de ganado y unas duras tareas agrícolas. Es decir, el camino de la difícil felicidad humana en los tiempos del Soviet.

En esa época Rusia iba desde los Cárpatos a los Urales con su tundra repleta de duros pinos, fértiles llanuras hacia el Sur abrazando los campos semidesérticos con hombres y animales famélicos.

Cuando se alzó el Estado comunista –siendo olvidado el humano de sangre y huesos–, había comenzado en cierta forma el desmoronamiento del país, aun quedando atrás las dolorosas luchas entre los boyardos, los mujik y los siervos. 

En la actualidad los turistas llegados a las ciudades rusas poco sabrán de Yamilia, Aimatov y quizás sí algo de Iván Turguéniev, Borís Pasternak, Mijaíl Bulgákov, Anna Ajmátova, Marina Tsvietáieva e Isaak Bábel. Es decir, de aquellas penalidades insondables. Lo enunció la admirable Ajmátova autora de ‘Poema sin héroe’: “Yo he estado siempre con mi pueblo, donde mi pueblo estaba siempre por desgracia”. 

En esos instantes el amor de Yamilia, igual al de Antígona –símbolo inequívoco de la mujer hostigada– se alza entre abedules helados.

Es permisible –y Mauricio Maeterlinck lo creía– que las comejeneras, las ciudades de los termes, tengan mucho que enseñar a la raza humana. 

Mientras, hasta que eso llegue, intentemos seguir leyendo libros.

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