Opinión

Alarga años de vida

Rafael del Naranco | 23 de octubre de 2017

Una experimentación de laboratorio hizo posible prolongar la existencia de la mosca de la fruta. Ese insecto, en lugar de respirar 80 días como marca su ciclo vital, lo hizo durante 110 mañanas. Nuestro envejecimiento es debido a los elementos tóxicos producidos en las moléculas de oxígeno; en otras palabras: la esencia de nuestra existencia es igualmente causa de su muerte. El oxígeno, siendo indispensable, es a su vez un elemento activo que daña las células. A medida que los años avanzan, los mecanismos de defensa que nos protegen se van debilitando y nuestras células envejecen y mueren. El hallazgo sobre la ampliación de la existencia nos hizo introducirnos en los vericuetos de la vida y la muerte, un concepto impenetrable tan antiguo como el hombre. El fallecimiento es por sí mismo realidad y misterio. La supervivencia, si nos acogemos al concepto pesimista de Schopenhauer, “es una perturbación inútil de la calma del no ser”. Y al contrario, Anatole France señala: “La vida resulta deliciosa, horrible, encantadora, espantosa, dulce, amarga; y para nosotros lo es todo”. La muerte es el fenómeno más trivial, puesto que tiene una tirada de 100.000 ejemplares al día. Y, sin embargo, el misterio que comporta no está resuelto en las estadísticas, porque subsiste un hecho: mi propia muerte permanece única. Incuestionable. La Parca, esa mitología romana con su figura esquelética, es tan singular y personal como la supervivencia misma. El sueño de poseer la inmortalidad está imbuido en la Santo Grial. Beber su sangre y convertirnos en seres que jamás agonizan es la meta anhelada y nunca obtenida. Los faraones egipcios lo intentaron y otras civilizaciones igualmente. Vano anhelo y, aún con todo, o sobre todo, el experimento Frankenstein no es otra causa que intentar vivir por encima de la propia expiración. Es irrefutable que a pesar de lo mucho que creemos saber sobre ella, existe una gran incultura de la muerte. Cada uno de nosotros trata de resolver ese “momento” de la mejor manera posible. “Siempre morimos solos”, decía Pascal. A tal razón germina el sentido de la inmortalidad, una forma de seguir existiendo como ser humano siempre, y al no conseguirlo, nos refugiamos en las religiones, ya que ellas –todas– nos ofrecen una supervivencia espiritual después de la muerte. Los experimentos realizados en las moscas de la fruta, igual a otros que se vienen efectuando, es una expectativa halagüeña. Al día de hoy la raza humana perdura cada vez más. A principios del pasado siglo la expectativa rozaba los sesenta años, actualmente se halla en los 85. Es certero que en las próximas décadas la existencia se prolongará más allá de un siglo, es decir, se irá extendiendo y, de la misma forma, nuestras alegrías, penas y sinsabores. Es decir, todavía nadie es inmortal. Y esto –en medio de esa algarada– es un alivio.

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