Opinión

Aunque se acerque la Navidad, ya no es tiempo de besamanos, aquel acto para mostrar sumisión a reyes, príncipes y obispos, ni de postrarse, tampoco de genuflexiones ante quienes detentan algún tipo de poder. Más bien, es tiempo de mirarse a los ojos, de tratarse los hombres y las mujeres de igual a igual entre semejantes. Dicen que muchos ricos indianos (devenidos muchos de ellos, entre fines del siglo XIX y principios del XX, en caciques), cuando regresaban a su pueblo miraban a los paisanos por encima del hombro, y estos besaban la mano de quien había sido su vecino, tan pobre como ellos, y ahora volvía cargado de oropeles. Se sentía bendecido cualquiera de ellos si el potentado elegía a una de sus hijas para desposarla, porque entre aquellos vasallos el derecho de pernada seguía siendo un premio para su estirpe. Pasado el tiempo, se invirtió el viaje, y los nuevos ricos llegaban en visita relámpago a los países de acogida, con amplias sonrisas, dinero y especialmente promesas: se habían convertido en políticos. Eran arropados, claro, con entusiasmo; el besamanos se puso de moda nuevamente, las genuflexiones, las medallas, los diplomas, y los elogios desmedidos a los políticos-mecenas no tuvieron límites.  Mientras, el espíritu emprendedor que caracterizó al colectivo emigrante en el mundo entero declinó. Los nativos de Galicia fallecían, y los hijos no ocupaban su lugar en las instituciones, que en muchos casos se convertían en cáscaras de nueces vacías. El aire paternalista de empresarios e intelectuales con que se acercaron, unos para aprovechar las facilidades de los 90, y otros para apropiarse de los valiosos archivos que atesoran muchas Asociaciones, y publicar libros de divulgación más o menos veraces, no fue percibido como un agravio sino como la palmada en el hombro del señor feudal al buen siervo, obediente y leal. ¿Quién ganó con este intercambio asimétrico? Nadie. Perdió Galicia, aquí y allí. Aquí la colectividad se debilitó, hasta perdió contacto con la sociedad argentina. Recibimos la humillación de tener que rogar el voto. Allí perdieron la oportunidad de contar con cientos de miles de embajadores de la cultura y los productos gallegos, de sumar  mentes brillantes que sin estar dentro del sistema asociacionista, trabajan por divulgar la cultura gallega, mantenerla viva.

En estos días, la polémica desatada en Galicia tomando como rehén involuntario a la emblemática obra de Castelao ‘A derradeira leición do mestre’, actualizó los tejemanejes que vengo mencionando.

Desde mi punto de vista puedo afirmar que, lo indiscutible, es la pertenencia del cuadro de Castelao a la Argentina, y la colectividad gallega en particular. Como lo es el restante patrimonio cultural relacionado con nuestra diáspora, ambicionado por políticos carroñeros a los que poco les importamos los desterrados (o residentes ausentes, como reza el eufemismo electoral). Pero la Historia tiene sus ciclos, y la colectividad está en un punto de inflexión que exige a los dirigentes estar a la altura para defender los derechos adquiridos, y lograr que la Galicia territorial reconozca (con hechos, no discursos vacíos) lo decisiva que fue la tarea de la emigración; tan decisiva que es imposible escribir una historia moderna de nuestro país sin mencionarla, así como la importancia de la labor desarrollada en la actualidad para mantener, y promover nuestra cultura para que los hijos y nietos, y las generaciones venideras tengan siempre presente la Galicia ideal que, precisamente, soñó Castelao.

En un principio los emigrados fundaron instituciones, para protegerse, conservar su identidad, recibir asistencia, autogestionarse, y enviar ayuda (mucha) a Galicia. Luego, con España dentro de la UE, y el atractivo de cientos de miles de votos, llegaron políticos y muchos euros. Ahora, allí, muchos parecen abroquelarse en una Galicia pequeña, y aquí es tiempo de volver a sentirnos emprendedores, y evitar más descalabros como el del querido Centro Gallego. También de defender nuestro patrimonio cultural con uñas y dientes. No se trata de ideologías, sino de sentido común. Porque sin duda mucho es lo que sigue cocinándose en este Finesterre austral, y nada mejor que sentarse alrededor de la mesa los unos y los otros. Bo Nadal!!!

Fideos con almejas

Ingredientes: ½ kilo de almejas, 250 grs. de fideos, 1 cebolla mediana, ½ pimiento morrón, 1 tomate grande maduro, 2 dientes de ajo, 1 vaso de vino blanco, perejil, 2 hojas de laurel, 1 dedalito de azafrán, aceite de oliva, sal y pimienta.

Preparación: Si conseguimos almejas vivas las dejamos en agua al menos una hora para que suelten toda la arena que puedan traer. Luego, se limpian, se desechan las que ya vengan abiertas puesto que podrían estar en mal estado. Si vienen peladas las pasamos por agua caliente y reservamos. Se pelan los dientes de ajo y se pican lo más fino posible. Se reserva. Se pica la cebolla y los pimientos morrones también muy finos para que se deshagan en la cocción. En un recipiente con aceite de oliva se añade la cebolla, el ajo y los pimientos morrones y el tomate sin piel ni semilla. A medida que se va pochando el sofrito se le añade un poco de vino blanco. Se deja que se cocine todo a fuego lento durante unos 10 minutos. En una cazuela aparte se echa un poco de agua y se ponen unas hojas de laurel y se añaden las almejas a fuego medio para que se abran. Se desechan las que queden cerradas. El agua se cuela y reserva. En la tartera del sofrito se echan los fideos moviendo el recipiente unos minutos. Luego se añade el agua de las almejas junto con un poco más para con los fideos. Se salpimienta a gusto. Luego de 10 minutos se añaden las almejas en su concha, junto con perejil picado y el azafrán. Rectificamos sal. Dejamos todo al fuego durante unos minutos y se sirve con algo de caldo.

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