Opinión

Hace muchos años, tantos que ya no recuerdo el nombre del autor, leí un largo poema cuyas palabras sonaban con el ritmo de balas de metralla. El tema era simple: Un levantamiento militar, muerte de miles de inocentes, desmanes, violaciones, gritos, órdenes y contraórdenes. Un edecán eufórico que anuncia el triunfo pírrico, y pregunta al jefe: General, hemos triunfado. ¿Ahora que hacemos? Viendo desde la ventana de su búnker el humo producto de los bombardeos, desoyendo los gemidos de los heridos, el estupor de los vencidos, y tal vez la pregunta de su obsecuente subalterno, el golpista responde: Nada. No haremos nada, ya entramos en la historia.

Leyendo los periódicos, viendo las actitudes de muchos líderes con alma y cualidades camaleónicas propias de tránsfugas, pareciera que sigue importando entrar en la historia a cualquier costo, aun el de ser defenestrado por las generaciones posteriores. Seguramente la corrupción es tan antigua como la misma humanidad, pero se perdió el pudor, muchos se vanaglorian de sus actos inmorales en público, nadie se avergüenza de mudar de bando para lograr beneficios personales. Se miente hasta con cierto candor, con la seguridad de no ser castigados por el voto de ciudadanos que no esperan el cumplimiento de las promesas, fascinados con las piruetas farandulescas de quienes aspiran a gobernarlos y les mienten, les dicen lo que todos quieren escuchar, el te quiero, nunca te voy a engañar después de tu prueba de amor, que a tantas doncellas sedujo y preñó en el pasado. Sin duda, es más fácil oír que hacer oídos sordos a los cantos de sirena.

En tiempos de crisis como el que vivimos, de indignación colectiva, basta que alguien proteste contra la desigualdad de oportunidades, la corrupción, los escándalos, la malversación de dinero público, el nepotismo, el fraude, la ineficiencia, para que miles estén de acuerdo y sigan al Mesías de turno por un camino que poco a poco se bifurca y pierde el rumbo, ya que el conductor no tiene una meta que no sea ver su ego hinchado como pan en el agua, su nombre en letras de molde en todos los periódicos, su rostro inundando las redes sociales.

El sociólogo Zygmunt Bauman lo resume con estas palabras en reciente reportaje publicado en ‘El País’: “La gente suspendió sus diferencias por un tiempo en la plaza por un propósito común. Si el propósito es negativo, enfadarse con alguien, hay más altas posibilidades de éxito. En cierto sentido pudo ser una explosión de solidaridad, pero las explosiones son muy potentes y muy breves”. Las explosiones, añadimos, enceguecen a los espectadores. No todos saben, o no recuerdan, que en 1938 la prestigiosa revista ‘Time’ nombró a Adolf Hitler “hombre del año”, y le dedicó su portada. También lo hizo con Stalin en su momento. En la reseña de 1938 la publicación reseñó: “El evento más importante de 1938 tuvo lugar el 29 de Septiembre, cuando cuatro hombres de estado se encontraron en la residencia de Hitler, en Munich, para redibujar el mapa de Europa. Los tres visitantes en esta histórica conferencia fueron el Primer Ministro Neville Chamberlain, de Gran Bretaña, el Primer Ministro Edouard Daladier de Francia y el Dictador Benito Mussolini de Italia. Pero con toda seguridad la figura dominante en Munich fue el anfitrión alemán, Adolf Hitler”. Actualmente, las portadas de los medios están inundadas con fotos del histriónico, casi caricaturesco, Donald Trump.

La historia tiende a repetirse, porque los deseos y las tragedias que acechan al hombre no han cambiado desde la época de las cavernas. Y las soluciones a los problemas no pasan por taparse los oídos con cera para no oír los cantos de las sirenas, o seguir al iluminado de turno en su locura, tampoco por transferir a la tecnología tareas propias de humanos, como pensar, reflexionar, tener compasión, amar al prójimo. Cualidades y actitudes básicas para lograr una convivencia pacífica que a muchos suenan ajenas o estrafalarias. Está claro que malos dirigentes han vaciado de contenido el término “democracia”, desmantelado la credibilidad en los partidos políticos tradicionales.

En cocina, muchos gurúes han impuesto modas intentando encandilar con experimentos varios a los comensales, creando en algunos casos “anti comida”, platos para ver. La gente de a pie sigue consumiendo los guisos de siempre, los platos entrañables, los manjares que fortalecen la identidad atacada por una globalización desmedida. Que de eso se trate, tal vez, esta historia: deseo de ser tratados como individuos, de que se comprendan nuestros gustos y apetencias, nuestro orgullo de sentirnos humanos, seres capaces de construir un mundo mejor para nuestros hijos y nietos, sin egoísmo ni mezquindad. No importa si la historia no recuerda nuestros nombres, si las obras colectivas hablan algún día de una civilización justa y sabia. Ya saben: cocinar humaniza. A guisar más, y gritar menos, amigos. Pensar.

 

Mollejas al verdeo

Ingredientes: Mollejas, sal gruesa, laurel. Manteca, aceite de oliva, cebolla de verdeo, vino blanco, 1 copa. Oporto, un chorrito. Crema de leche, sal, pimienta, ají molido, tomate cherry. Zanahoria, queso de rallar, pan rallado. Papas.

Preparación: Poner en una olla las mollejas con agua fría, un puñado de sal gruesa y 4 hojas de laurel. Mientras hierve se irá haciendo espuma que se debe quitar con espumadera o cucharón, luego de que rompe el hervor, controlar 15 minutos y retirar. Poner en otra olla con agua fría para cortar la cocción, retirar la grasa y la membrana. Cortar en fetas. Colocar manteca y un poco de oliva en una sartén. Cuando esté caliente se colocan las mollejas para dorarlas, si junta mucha grasa la sartén, retiramos el exceso. Limpiar y cortar dos cebollas de verdeo y agregar a las mollejas. Freír las papas cortadas en cubitos y reservar. Una vez doradas las mollejas y cocinado el verdeo, agregar el vino blanco y un chorrito de oporto y el ají molido. Luego de cocinar unos minutos agregamos la crema de leche, las papas, sal y pimienta. Saltear los cherrys en oliva y agregarlos en el plato terminado. Para la guarnición: Cortar las zanahorias en cubitos y cocer al vapor. Pisarlas, sumar pan rallado, queso de rallar y salar. Gratinar en el horno.

 

 

 

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